Relatos desde la precariedad:
relocalizaciones territoriales, desposesiones y resistencias en Santiago del
Estero, Argentina
ERIKA
SACCUCCI
Doctora
en Estudios Sociales de América Latina (Centro de Estudios Avanzados,
Universidad Nacional de Córdoba)
Docente
investigadora (Universidad Católica de Córdoba, Argentina)
Integrante
del colectivo de investigación «El Llano en Llamas» http://www.llanocordoba.com.ar
erika_sac34@hotmail.com
Orcid:
http://orcid.org/0000-0002-2469-0988
JULIANA
HERNÁNDEZ BERTONE
Doctoranda
en Derechos Humanos: Retos Éticos, Sociales y Políticos (Universidad de Deusto)
Doctoranda
en Ciencia Política (Centro de Estudios Avanzados, Universidad Nacional de
Córdoba)
Becaria
Cátedra Unesco de Recursos Humanos (Universidad de Deusto)
Integrante
del colectivo de investigación «El Llano en Llamas» http://www.llanocordoba.com.ar
julihernandezbertone@gmail.com
Orcid:
http://orcid.org/0000-0002-5025-4362
Resumen. Este trabajo aborda la efectuación
de precariedad a partir de la relocalización territorial de poblaciones en la
ciudad de Santiago del Estero, Argentina. Se trabajó con una metodología
flexible a partir del análisis de casos múltiples y análisis de discurso. Se
analizan 16 entrevistas en profundidad a agentes institucionales y vecinos/as
de la ciudad donde la precariedad emergió como categoría articuladora de los
relatos por efectuación de los dispositivos de poder y por la interposición de
resistencias y luchas. Se concluye que la relocalización configura nuevas
precariedades que no deben ser entendidas solo por la pérdida de las
condiciones de vida, sino, incluso por sus efectos desubjetivadores.
Palabras clave:
territorios; dispositivos de poder; tácticas; análisis de discurso; subjetividad.
Stories from precariousness: Territorial
relocations, dispossession and resistance in Santiago del Estero, Argentina
Abstract. This paper
addresses the issue of precarity based on the territorial relocation of populations
in the city of Santiago del Estero, Argentina. We worked with a flexible
methodology based on a multiple case analysis and discourse analysis. We have
analyzed sixteen in-depth interviews to institutional agents and residents of
the city. Precariousness emerged as the articulating category of the stories
through the configuration of power devices and the interposition of resistance
and struggles. It is concluded that relocation creates new precariousness that
should not only be understood by the loss of living conditions but also by its
de-subjectivity effects.
Keywords: Territories; power devices; tactics; discourse
analysis; subjectivity.
Introducción
En los últimos años, las políticas
de relocalización de poblaciones emergieron como estrategia privilegiada de los
Estados para reorganizar las ciudades. Estas supusieron el desplazamiento de
barriadas populares hacia las periferias, lo que liberó espacios centrales
para, entre otras cosas, la especulación inmobiliaria y provocó nuevas y diferentes
formas de precariedad (Avalle, De la Vega, & Hernández, 2009; Ferrero y
Job, 2011). Este artículo es una propuesta analítica que pretende dar cuenta
del modo de configuración de la precariedad en poblaciones desplazadas a partir
de políticas habitacionales desarrolladas en el área metropolitana de Santiago
del Estero, Argentina. La centralidad del concepto de precariedad radica en que
es una categoría emergente del análisis de las entrevistas en profundidad
desarrolladas durante la investigación[1].
La hipótesis que ha guiado la
investigación supone entender que esta categoría se torna en un concepto
articulador de diversos significados: para casos de relocalización de
poblaciones, la precariedad se observa como una resultante de las formas de
gobierno actuales (bajo la racionalidad neoliberal); es decir, que la
precariedad ya no responde solo a las condiciones laborales. De modo que los
desplazamientos de poblaciones acentúan las condiciones de precariedad
habitacional, así como también configuran nuevas precariedades que abarcan
otras dimensiones de la vida.
Los estudios sobre relocalización
de poblaciones han ahondado poco en la efectuación de precariedad, y, además,
muchos de ellos se han centrado en grandes conglomerados urbanos. Este trabajo
es un aporte a estas líneas de investigación incorporando reflexiones a partir
de políticas habitacionales de relocalización en una ciudad de tamaño medio de
Argentina. En específico, esta es una reflexión sobre la ciudad de Santiago del
Estero (SDE), al noroeste del país, cuya población entre los años 2001 y 2010
creció en casi un 10% (Indec, 2010)[2] debido
principalmente a la fuerte migración del campo a la ciudad[3]
producto de la transformación económica operada en el país. Esto hizo que la
ciudad no estuviera preparada para la recepción de estos flujos migratorios, lo
que aumentó la localización de personas en zonas de alta precariedad
habitacional[4], que se
fueron asentando dentro y fuera de la trama urbana consolidada, y formaron una
serie de cinturones de pobreza.
Frente a esta situación, y con la
reactivación económica del país luego de la crisis de 2001, los tres niveles de
gobierno (nacional, provincial y local) comenzaron a desarrollar diversas
políticas de intervención urbana, cuya característica principal fue la
inversión en infraestructura y vivienda social. Una de las estrategias
privilegiadas implementadas por el Estado fue la relocalización[5] forzosa de
poblaciones en distintas zonas de la ciudad. La intervención estatal sobre las
poblaciones se realizó de manera sostenida y desordenada, lo que dio lugar a un proceso de
suburbanización que dejó intersticios vacíos y creó cinturones marginales que,
paradójicamente, fueron producidos por la misma intervención estatal (Colucci,
Santillán, & Caumo, 2005).
Sin
embargo, estas políticas, lejos de revertir las condiciones de precariedad
habitacional a las que las poblaciones se encontraban expuestas, aumentaron y
provocaron otras y diferentes precariedades. Este concepto da cuenta, entonces,
de los procesos desiguales a los que se encuentran sometidas las poblaciones. Tradicionalmente,
la precariedad ha sido estudiada en relación con la flexibilización laboral y
como consecuencia de esta (Lindenboim, Serino, & González, 2000; Crespo &
Serrano, 2011; Cano, 2007; Domínguez, 2007; Salvia & Tissera, 2002). Sin
embargo, la pérdida de hegemonía del trabajo como organizador del mundo social
(Avalle, 2010; Ciuffolini, 2010), y en la configuración de subjetividades, ha
dado lugar a la emergencia de múltiples y diversas formas de expresión de
precariedades, no solo laborales, sino vinculadas a las duras condiciones de
supervivencia de miles de personas.
Se entiende a la precariedad como
efectuación de poder que articula todas las dimensiones de la vida de los
sujetos (Araya, 2014; Zanin & Mattar, 2012). Pensar la precariedad de esta
forma implica la necesidad de indagar sobre diversas dimensiones de lo
precario, sus agentes y dispositivos de poder. Tanto Butler (2006, 2010) como
Lorey (2016) ofrecen herramientas teóricas para el estudio de la precariedad
como modo de gobierno de los sujetos y como efectuación del despliegue de
diversos dispositivos[6]. Estas
autoras definen la precariedad como la norma de gobierno neoliberal[7] que supone
la producción de exposición, inseguridad y aún mayores grados de escasez.
Esta lectura ha dado luz a nuestras
entrevistas y nos ha permitido adentrarnos en el planteamiento de esta
categoría analítica como central en nuestro trabajo. Así, entendemos a la precariedad como una
efectuación cotidiana del despliegue de diversos dispositivos de poder que
exponen de manera diferencial a algunas poblaciones. Para analizar su
configuración, hemos abordado los dispositivos, así como también los sentidos que
esta asume en los relatos: buscamos advertir los dispositivos a través de los
cuales opera el poder efectuando precariedad, pero también dar cuenta de
aquellas resistencias y luchas que emergen para hacerle frente[8].
Organizamos la presentación de
acuerdo con los siguientes apartados: primero, una exposición detallada de la
perspectiva teórica propuesta, en la que, por un lado, ubicamos el desarrollo
analítico de las relocalizaciones y, por otro, nos adentramos al concepto central
de este trabajo: la precariedad. En segundo lugar, presentamos las
características especiales del caso de estudio enfocándonos en el contexto de
las relocalizaciones en la ciudad de SDE. En tercer lugar, describimos las
principales decisiones metodológicas asumidas para el análisis de casos
múltiples y análisis del discurso. En el cuarto apartado, se presenta el
análisis de los datos, donde se abordan los relatos de la precariedad: en el
primer subíndice, analizamos al Estado como principal dispositivo que la
configura; y, en el segundo, individualizamos las resistencias y luchas que los
sujetos oponen. Por último, concluimos el trabajo proponiendo que la
precariedad habitacional emerge en los relatos analizados como un proceso
desubjetivador mucho más amplio que la sola pérdida del hogar. Refiere a un
proceso de dislocación de los sujetos que modifica sus modos de vida y sus
relaciones sociales: laborales, vecinales, comunitarias, educativas. En
consecuencia, frente a la desposesión que supone la efectuación de precariedad,
los sujetos interponen mayormente tácticas escasamente organizadas y
familiares. La primacía de las tácticas por encima de procesos de lucha más
organizados expresa tanto la introyección de mecanismos individualistas para
enfrentar la precariedad, como una resistencia que puede convertirse, con el
tiempo, en procesos colectivos de lucha.
1. Herramientas conceptuales: la
precariedad como efectuación del dispositivo de relocalización, resistencias y
luchas
Desde hace algunos años, y como
parte de un proyecto más amplio del equipo de investigación del que formamos
parte[9], venimos
trabajando sobre las políticas públicas y la transformación de las ciudades,
puesto que es a través de las primeras que se interviene sobre poblaciones y
territorios, organizando las formas de gobierno sobre los sujetos. En
particular, nos interesa analizar la producción de desigualdad en las diversas
formas de habitación de los sectores populares, y cómo estas se vuelven objeto
de atención de los Estados principalmente a partir de políticas de
relocalización.
Este foco analítico es parte de una
preocupación mucho más amplia que se viene desarrollando a nivel mundial, donde
las relocalizaciones son un tema extensamente abordado por los estudios
sociales[10]. Este
interés surge a raíz de que son cada vez más los casos de realojamientos
voluntarios o forzosos a lo largo del mundo (con preponderancia de estos
últimos). Mucha de la literatura comenzó centrándose en los casos de
relocalizaciones rurales, como el trabajo de Catullo (1986), quien se centró en
el caso de la represa de Salto Grande, entre Argentina y Uruguay, cuyas obras
supusieron la relocalización compulsiva de más de 20.000 habitantes urbanos y
rurales de ambos países; o los de Barabás y Bartolomé (1992), quienes analizaron
los desplazamientos poblacionales por la construcción de presas en América
Latina (principalmente en Brasil). Otros análisis de casos rurales dan cuenta
de la importancia del Banco Mundial –incluso para la difusión de los términos
«reasentamiento» o «reasentamiento involuntario»– en proyectos de
infraestructura rural a gran escala en países «en desarrollo» (Rogers &
Wilmsen, 2019).
De igual modo, en los últimos años,
numerosos estudios comenzaron a centrarse en casos de reasentamientos unidos a
políticas de vivienda urbana y desplazamientos intraurbanos, como práctica
desarrollada en distintos países del mundo. Entre ellos, los trabajos de De Camargo
Cavalheiro y Abiko (2015) sobre las relocalizaciones de favelas en Sao Paulo
(Brasil); el de De La Puente
Burlando (2015), quien analiza el reasentamiento de una comunidad por la
ampliación del aeropuerto en Lima (Perú); los análisis de Diwakar y
Peter (2016) y Patel, Sliuzas y Mathur (2015) en la India; el de Nikuze et
al. (2019) en Ruanda; el de Spire, Bridonneau y Philifert (2017) en Etiopía
y Togo; el de Lelandais
(2014) en Turquía; y el de Bogaert (2011) en Marruecos, por citar solo algunos
que dan cuenta de ello. Por otro lado, algunos de estos trabajos se centraron
en las condiciones de los individuos y comunidades antes o durante la
reubicación, mientras que otros analizaron los efectos sobre las poblaciones
luego de las reubicaciones.
La creciente casuística sobre el
tema en todo el mundo ha permitido la sistematización de situaciones, acciones,
resultados, problemas y respuestas sociales, que mostraron además un amplio
rango de variaciones contextuales. Sin embargo, lo novedoso en los últimos
tiempos es que la relocalización de poblaciones se ha establecido como práctica
ejecutada por los Estados para promover la revalorización urbana (Bogaert,
2011; Leary & McCarthy, 2013; Noorloos & Kloosterboer, 2018; Watt &
Smets, 2017); y en América Latina esta práctica se ha profundizado recientemente.
En especial, en Argentina, diversos trabajos permiten asumir cierta
sistematicidad con respecto a las relocalizaciones a lo largo del país,
vinculados también a la especulación inmobiliaria: Najman y Fainstein (2018)
analizan el reasentamiento de poblaciones a orillas del Riachuelo en La
Matanza; Brites (2016) problematiza sobre la segregación espacial devenida de
esta práctica en Posadas; Marengo (2001) es quizás una de las iniciadoras de
los estudios de relocalización en la ciudad de Córdoba con el neoliberalismo; y
trabajos como los de Von Lücken (2008), Cervio (2015) y Elorza (2009) (por
citar solo algunos) analizan las relocalizaciones de villas de esa ciudad bajo
el programa provincial «Mi Casa, Mi Vida».
Este último programa también fue
central en nuestras interrogantes como equipo de investigación para el análisis
de las políticas públicas y la configuración de desigualdades, atendiendo
especialmente a las políticas de relocalizaciones promovidas por el Gobierno
provincial en la ciudad de Córdoba. La distribución desigual de la tierra y la
vivienda, y los conflictos sociales que esta trae aparejados, han quedado
registrados en numerosas publicaciones: Ciuffolini y Scarponetti (2011),
Ciuffolini y Núñez (2011), Avalle et al. (2009), Saccucci (2017b) y
Hernández (2018). Como parte de esta propuesta analítica, buscamos adentrarnos
también en los acontecimientos de ciudades intermedias y, por eso, el caso que
aquí presentamos, centrado en Santiago del Estero, intenta dar cuenta de
procesos comunes y particulares en períodos de gobierno neoliberal.
Todos
los estudios sobre relocalizaciones hasta aquí enunciados han centrado su
atención en diversos aspectos: limpieza y erradicación de barrios marginales;
desalojos forzosos y expulsiones; desplazamientos; programas sociales de
vivienda; y regeneración o renovación urbana con reubicación planificada[11].
Sin embargo, la precariedad ha sido escasamente abordada en relación con
procesos como los hasta ahora expuestos.
A continuación, se presentan las
principales herramientas teóricas de las que nos valemos para dar cuenta de la
noción de precariedad. Cabe aclarar que, por motivos de extensión, esta
exposición no pretende exhaustividad de las diversas de perspectivas existentes
sobre concepto[12], sino
exponer los referentes teóricos que han aportado a la comprensión/construcción
del objeto, y en particular, aquellos conceptos que dieron inteligibilidad a
este trabajo.
Nos interesa rescatar la
perspectiva de la precariedad en tanto constructo conceptual que resulta
novedoso en el ámbito académico, pero en particular por su centralidad en las
dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales que se desarrollan en
América Latina. Existe una vasta bibliografía –parte de la cual ha sido citadas
en la introducción– que aborda la cuestión precaria; sin embargo, la mayoría
acota el concepto al estudio de las nuevas condiciones laborales.
La perspectiva que aquí proponemos
recupera todos estos elementos, pero los ordena de manera diversa, ya que
entendemos que el neoliberalismo supone un nuevo modo de gobierno de los
sujetos basado en la precariedad. Esta incluye las reconfiguraciones originadas
por la flexibilización laboral, pero no se agota en ellas; por el contrario, la
precariedad es una renovada característica de la vida en la actualidad, aunque
con diversos alcances y expresiones. Para poder dar cuenta de ella y analizar
su configuración, es preciso detenernos en la comprensión de sus
manifestaciones y contenidos específicos a partir de casos concretos, y ese es
el desafío planteado en este trabajo[13].
Butler y Lorey se han constituido,
entonces, en las referentes centrales de este trabajo por la solidez analítica
de sus reflexiones vinculadas a la precariedad. Siguiendo a Lorey, la
precariedad es una norma neoliberal que rige y configura la vida de los sujetos
y, al mismo tiempo, supone un reparto desigual hacia ciertas poblaciones que
implica una profundización de esta. Para ello, se despliegan dispositivos que
la distribuyen de manera desigual (Lorey, 2016). Para Butler, «la precaridad designa una condición
políticamente inducida en la que ciertas poblaciones adolecen de falta de redes
de apoyo sociales y económicas y están diferencialmente más expuestas al daño,
la violencia y la muerte. Tales poblaciones se hallan en grave peligro de
enfermedad, pobreza, hambre, desplazamiento y exposición a la violencia sin
ninguna protección» (Butler, 2010, p. 46).
Si bien la perspectiva que nos
ofrece Butler responde a la pregunta sobre qué es la «precariedad», aún queda incompleta la respuesta a la pregunta
sobre cómo se configura el proceso mediante el cual una existencia se convierte
en vida a ser cuidada y protegida, y otra, en vida a ser expuesta. La
perspectiva de Lorey (2016, 2011) es la que complementa las herramientas
conceptuales hasta aquí analizadas y habilita a indagar sobre los mecanismos a
través de los cuales se configura la precariedad. Para esta autora, la
precariedad representa tanto la condición como el efecto de la dominación, y
debe ser estudiada como el instrumento de gobierno de las sociedades
neoliberales. Se trata de la administración y gestión de la incertidumbre, la
exposición al peligro, los cuerpos y los modos de subjetivación. De esta
manera, la precarización implica vivir con lo impredecible, la contingencia, la
exposición.
A pesar de que la autora retoma
muchos conceptos de Butler, presenta una diferencia sustancial. Para comprender
la particularidad del modo de gobierno de los cuerpos y poblaciones en el
escenario posfordista-neoliberal, no es suficiente con sostener que la
precariedad es distribuida de manera inequitativa. Por el contrario, esta forma
de administración caracteriza al Estado de bienestar, pero no lo representa en
la actualidad, puesto que la exposición a la inseguridad ya no se circunscribe
a quienes están en la «periferia» de la sociedad, sino que, por el contrario,
es una nueva característica general del gobierno de la población.
De esta manera, para conocer lo
precario, la autora propone como herramientas analíticas tres dimensiones:
condición precaria, precariedad y precarización como gubernamentalidad[14]. La
dimensión de la «condición precaria»
es recuperada de Butler y designa una condición socioontológica de la vida y
los cuerpos. No se trata de una condición individual ni de algo que exista en
sí, sino que es relacional y compartido con otras vidas precarias. Esta
condición precaria no existe más allá de lo social y lo político y, por ende,
no es independiente de la segunda dimensión de lo precario, la «precariedad», que «ha de entenderse como una categoría
ordenadora que designa los efectos políticos, sociales y jurídicos de una
condición precaria generalizada. Con precariedad se denomina el encasillado y
reparto de la condición precaria con arreglo a relaciones de desigualdad»
(Lorey, 2016, p. 27).
En otras palabras, se trata de una
precariedad jerarquizadora y clasificadora que produce un reparto diferencial
entre aquellos que son construidos como los «otros». De esta manera, «el
proceso de normalización de la precarización no significa en modo alguno la
igualdad en la inseguridad. Dentro del marco de la gubernamentalidad neoliberal
no hay ninguna necesidad de terminar con las desigualdades, ni siquiera de
instaurar una igualdad en la inseguridad» (Lorey, 2016, p. 75).
De esta manera, la perspectiva que
nos ofrece Lorey permite profundizar sobre el concepto de lo precario, sus
implicancias y los modos desiguales en los que se distribuye. Sin embargo, ese
desarrollo teórico aún presenta interrogantes. Si el gobierno a través de la
inseguridad es una condición generalizada de toda la población, pero, al mismo
tiempo, existe una particular administración de esta hacia ciertas porciones de
la población, resta conocer de qué manera se configuran dichos procesos. Así,
la desigualdad no es solo un «punto de partida», sino también una efectuación
del poder que hace necesario echar luz sobre la forma que asumen estas nuevas
desigualdades. En otras palabras, no solo no son abolidas las desigualdades,
sino que se configuran nuevas.
Para poder dar cuenta de la
configuración de la precariedad que se analiza en este trabajo, precisamos
hacer dos aclaraciones: primero, la precariedad se produce como efectuación del
despliegue de dispositivos de poder, y estos están constituidos por una red de
elementos heterogéneos: discursos, instituciones, diseños arquitectónicos,
decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados
científicos, proposiciones filosóficas y morales (Foucault, 2014). Segundo, en
la efectuación de la precariedad se despliegan dispositivos de poder y se contraponen
resistencias y luchas de los sujetos con el fin de habilitar «espacios de
libertad». Es importante señalar que la agencia de los sujetos supone la
posibilidad de resistencias y luchas frente al despliegue del poder. Se trata
de la capacidad de producir nuevos espacios que expresen proyectos colectivos y
relaciones sociales «otras».
En el caso de las resistencias, se
expresan en espacios cada vez más microscópicos donde se organiza la vida
cotidiana, y que tienen al barrio como espacio fundamental de anclaje. Por
ejemplo, frente a la expulsión de los sectores populares hacia los márgenes de
la ciudad, los sujetos resisten los desalojos u ocupan nuevos espacios (aunque
cada vez más lejos y distantes del centro de la ciudad) para hacerlos propios
como espacios de vida. Así, junto con Merklen (2005) y Svampa (2005), podemos
decir que la política se territorializa al tiempo que el territorio se politiza
al dar lugar a la emergencia de formas políticas alternativas a las dominantes
y a la producción de procesos de organización que potencian las posibilidades
de insubordinación y resistencia. En definitiva, las resistencias no deben ser
entendidas como respuestas al ejercicio del poder, sino que dan cuenta de la
potencia creadora de los sujetos.
Por su parte, las luchas deben ser
entendidas como las prácticas desarrolladas por los sujetos en el marco de una
disputa agonal que se presenta como un juego de posiciones. Se enfrentan y se
oponen directamente al despliegue de los dispositivos de poder y al gobierno de
los cuerpos, las poblaciones y los territorios. Así, la lucha refiere al
enfrentamiento directo entre diversos sujetos sociales (De Certeau, 1996), un
momento del conflicto donde la tensión deviene en una contienda o disputa. Se
trata de la planificación de acciones de manera metódica en virtud de un
escenario conflictivo percibido.
Así pues, la precariedad puede ser
entendida como la efectuación de un dispositivo de poder a la que se le oponen resistencias.
Esta forma de ejercicio del poder es directamente observable en poblaciones
objeto de políticas públicas habitacionales que tienen a los desplazamientos de
poblaciones como principal estrategia.
Para poder dar cuenta de cómo
operan los dispositivos de poder en la efectuación de la precariedad, es
preciso atender casos concretos en los que estos se expresan. Por eso nuestra
decisión de trabajar con experiencias de relocalización en Argentina. A
continuación, presentamos el contexto de implementación de este tipo de
políticas en la ciudad de SDE.
2. La ciudad de Santiago del Estero en
el marco de las relocalizaciones
La ciudad de SDE es la capital de
la provincia de nombre homónimo, y es su más importante centro político,
administrativo-financiero, comercial y proveedor de servicios. Ubicada en la
región noroeste de Argentina, SDE, junto con La Banda (la ciudad contigua),
presenta los mayores niveles de pobreza e indigencia del país, según datos del
primer semestre de 2017. Para ese momento, el 45,4% de la población se
encontraba por debajo de la línea de pobreza (17 puntos porcentuales por encima
de los promedios regional y nacional), en tanto que el porcentaje de personas
bajo la línea de indigencia alcanzaba el 13,1%, más del doble del registro
nacional que fue del 6,2% (Dirección Nacional de Asuntos Provinciales, 2017)[15].
Asimismo, las principales
características económicas y sociales de la provincia son la baja tasa de
participación en el trabajo formal; la baja asalarización de la fuerza de
trabajo y significativa importancia de la categoría del trabajo familiar; una
considerable importancia en el nivel urbano del sector informal, el empleo
público y el servicio doméstico, así como una amplia ocupación en el nivel
rural en actividades de subsistencia y de baja productividad (Tasso &
Zurita, 2013).
Dada su estructura económica, es
una provincia que depende de manera considerable de los ingresos fiscales
provenientes de la nación[16]. Esto se
observa principalmente en las políticas habitacionales implementadas en la
ciudad por organismos provinciales y nacionales entre los años 2003 y 2015
(período de gobierno kirchnerista). Por ejemplo, en 2009, SDE era la quinta
provincia en gasto público en vivienda y urbanismo per cápita (tanto nacionales
como provinciales) (Capello & Galassi, 2011). Sin embargo, y a pesar de ser
extensa la intervención en términos de vivienda, las respuestas ofrecidas
distaron de ser consecuentes con el alto nivel de déficit de vivienda de la
ciudad[17].
Una de las estrategias
desarrolladas por el Gobierno provincial fue la de reubicar poblaciones en
nuevos complejos habitacionales. Se trata de poblaciones que ocupaban
asentamientos, es decir, territorios en zonas depreciadas por su valor en el
mercado. Mayoritariamente, se trata de casas precarias, con acceso a servicios
autogestionados y con régimen de tenencia de la tierra irregular (o escasamente
reconocido en su formalidad legal). Estas personas fueron reubicadas en nuevos
barrios (o anexadas a otros) ubicados por lo general en la periferia, donde se
dotó a las familias de un módulo habitacional y acceso a servicios. Sin
embargo, estas relocalizaciones son cuestionadas por sus habitantes por la
lejanía al centro de la ciudad, por la precariedad constructiva de las
viviendas y el tamaño de los módulos, y por el surgimiento de nuevos problemas provenientes
de la relocalización (como, por ejemplo, el aumento de las actividades
delictivas o el consumo de estupefacientes), lo que genera nuevas formas de
precariedad.
Si bien este trabajo se construye a
partir de relatos de experiencias diversas de relocalización en la ciudad de
SDE, recuperamos contextualmente una de ellas para describir a qué procesos
estamos haciendo referencia. En 2015, cobró relevancia el desalojo de familias
en el barrio Almirante Brown para el desarrollo de la ampliación del Desagüe
Pluvial Sur. La propuesta del Gobierno era proveerlos de módulos habitacionales
sin terminar, sin acceso a servicios de agua y electricidad, en un predio sin
trazado urbano, sin calles ni veredas, emplazados en el barrio Siglo XXI. Para
los vecinos y vecinas (aproximadamente 70 familias), esto implicaba abandonar
los predios que ocupaban desde hacía más de 20 años, cuyas casas eran de techos
de losa (la gran mayoría) y tenían acceso a servicios; además, estaban
localizadas dentro del tejido urbano, con conexión vial a diferentes zonas de
la ciudad.
La demanda de la población se
centraba en relocalizarse, pero bajo las mismas condiciones habitacionales en
las que se encontraban; es decir, no estaban dispuestos a renunciar a sus
viviendas por opciones más precarias. Sin una orden de desalojo, con
amedrentamiento policial y sin un canal de diálogo abierto ni con la
municipalidad ni con el Gobierno provincial, se produjo la desarticulación de
las familias, que fueron optando individualmente por distintas propuestas
ofrecidas por el Estado: los primeros aceptaron las viviendas precarias (unas
50 familias), mientras que los que más «aguantaron» lograron mejores
condiciones habitacionales (fueron ubicados en viviendas ya construidas cerca
del barrio original, aunque se trató de residencias con problemas edilicios).
2. Decisiones
metodológicas para el caso de Santiago del Estero
Para
los fines de esta investigación, hemos realizado un estudio de casos múltiple
sobre diversos procesos de relocalización territorial. Esta estrategia consiste
en la selección de unidades de análisis, orientada tanto por la relevancia
empírica que estas presentan como por dimensiones teóricas que requieren ser
informadas por los datos. Esta selección –intencional– consiste en incorporar
aquellos casos que ofrecen una serie de particularidades que ponen en tensión,
ensanchan y crean nuevas interpretaciones o marcos conceptuales. Los casos –referidos
en la tabla 1– fueron seleccionados de acuerdo con la siguiente pregunta de
investigación: ¿cómo se produjeron los procesos de relocalización territorial
en SDE?
Estas
decisiones metodológicas también estuvieron guiadas por la hipótesis de investigación.
En este sentido, entendimos que los procesos de relocalizaciones territoriales
reconfiguran la vida de los sujetos relocalizados en diversos planos, por una
parte, materialmente, ya que suponen traslados forzosos que modifican las
condiciones de vida y, por otra parte, subjetivamente, dando lugar a nuevas
cotidianeidades y modos de relacionamiento y significación.
De modo que, para analizar la
precariedad en las formas de vida de los sujetos, es necesario adoptar ciertas
decisiones metodológicas que nos permitan captar la significación de conceptos
a partir de la experiencia cotidiana. De allí que la presente propuesta se
inscriba dentro de una estrategia metodológica de «diseño flexible» (Vasilachis,
2006; Kornblit, 2007), la cual permite transformar las decisiones metodológicas
y epistémicas de acuerdo con lo que, en la «significación» del objeto de
estudio, se presenta como novedoso o difícil de asir con el herramental teórico
disponible. Para la recolección o construcción de datos, optamos por la
realización de entrevistas en profundidad a vecinos/as objeto de las políticas
públicas, a agentes institucionales vinculados al área de hábitat de la
provincia de SDE y a miembros de diversas instituciones intervinientes en los
barrios relocalizados.
La selección de las entrevistas en
profundidad, entre otras posibles, responde a diversos aspectos. Primero, a una
convicción epistémica y política sobre la importancia de que las
investigaciones científicas recuperen la voz de los sujetos en lucha, puesto
que es desde allí que es posible una producción de conocimiento que reconozca
al «otro/a» y sus saberes. Segundo, la entrevista personal, directa y no
estructurada permite una indagación exhaustiva en tanto que se abre el campo
para que el/la entrevistado/a hable libremente y exprese de manera detallada
sus motivaciones, creencias y sentimientos sobre un tema (Mejía Navarrete,
2000).
Se comprende, entonces, que el
fenómeno no es el evento observable y registrable a partir de sus
características, límites, prácticas, etc., sino el modo en el que es elaborado
y constituido el discurso que surge en las entrevistas. Así, lo observable pasa
a ser el espacio discursivo y, más específicamente en su interior, aquellos
aspectos (palabras/categorías, argumentos, etc.) que se presentan como comunes.
En este sentido, se analizan las entrevistas buscando hacer visibles las
grillas de inteligibilidad del campo social (Bitonte, 2005), esto es, los
juegos del lenguaje o los marcos mediante los cuales se ha construido el
sentido o la referencia.
La estrategia de análisis e
interpretación de datos implica una posición epistémica, y no solo técnica, que
se inscribe en una semiosis y gramática propia del objeto de estudio, de manera
que las herramientas del análisis del discurso (Van Dijk, 2000; Howarth, 2005)
nos han permitido articular el discurso teórico con los lenguajes que emergen
del análisis del corpus. El análisis de discurso tiene como característica
colocar lo dicho en relación con lo no dicho, procurando abrir aquello que el
sujeto dice y aquello que no dice, pero que constituye igualmente sentido. Se
centra en la materialidad del texto para comprender cómo los sentidos y sujetos
se constituyen a sí mismos y a sus interlocutores/as, como efectos de sentidos
vinculados a redes de significación. En definitiva, los textos no son el objeto
final de la explicación, sino la unidad que permite tener acceso al discurso.
Para
alcanzar este tipo de análisis, trabajamos con el software cualitativo
Atlas.ti, que permite la codificación y construcción de categorías a partir de
la lectura de las entrevistas. La utilización de esta herramienta hace posible
la inmersión en las unidades significativas de los textos y un acercamiento al
desentrañamiento de los campos semánticos, entendiendo por estos los conceptos
centrales de toda formación discursiva y la estructura léxica que se teje en
cada momento histórico concreto que responde a las relaciones de fuerzas
imperantes. Consiste en un régimen de enunciabilidad y visibilidad de las
prácticas discursivas y no discursivas (Avalle, Gallo, & Graglia, 2012).
La tabla 1 sintetiza las
entrevistas realizadas sobre las cuales se basó el análisis:
Tabla 1
Entrevistas realizadas
|
N.°
de entrevista |
Fecha |
Observaciones |
|
1 |
31/10/17 |
Arquitecto. Instituto Provincial de Vivienda y Urbanismo (IPVU). |
|
2 |
31/10/17 |
Militante de organización social. |
|
3 |
31/10/17 |
Abogado vinculado al IPVU. |
|
4 |
1/11/17 |
Abogada. Empresa constructora. |
|
5 |
1/11/17 |
Abogado vinculado al Gobierno de la Provincia de SDE. |
|
6 |
02/11/17 |
Exvecinas del barrio Almirante Brown. Relocalizadas en el barrio
Siglo XXI. |
|
7 |
2/11/17 |
Abogado vinculado a la Secretaría de DD. HH. de la Nación en
SDE. |
|
8 |
2/11/17 |
Exvecinas del barrio Almirante Brown. Relocalizadas en el barrio
Siglo XXI. |
|
9 |
2/11/17 |
Vecina del barrio Almirante Brown. Militante del Mocase – Vía
Campesina. |
|
10 |
3/11/17 |
Funcionario vinculado al Dpto. de Antropología. Facultad de
Humanidades, UNSE. |
|
11 |
3/11/17 |
Funcionaria vinculada a la Subsecretaría de Planeamiento.
Municipalidad de SDE. |
|
12 |
3/11/17 |
Vecina del barrio Aeropuerto, vinculada al Patio del Indio
Froilán González. |
|
13 |
4/11/17 |
Vecino de La Banda. Vinculado al Movimiento Evita. Trabajo territorial
en distintos barrios de la localidad. |
|
14 |
4/11/17 |
Estudiante de UNSE. Colaborador del barrio Tonocoté. |
|
15 |
6/11/17 |
Investigadora de Conicet. Trabaja sobre violencia institucional.
Facultad de Humanidades, UNSE. |
|
16 |
6/11/17 |
Abogada. Cámara Argentina de la Construcción. Delegación SDE. |
Elaboración propia.
3. Relatos
desde la precariedad: notas sobre los dispositivos que la efectúan
La precariedad es la efectuación
del despliegue de diversos dispositivos de poder. No se trata de la sumatoria
de situaciones individuales ni de efectos de «malas gestiones o políticas»,
sino de una característica estructural que refiere a un modo de gobierno de las
poblaciones que se asienta de manera especial en los sectores populares.
Se trata de la exposición,
contingencia, escasez, a la que son sometidos los sujetos y que atraviesa sus
historias de vida, como vidas signadas por la desposesión. En las diversas
entrevistas analizadas, la idea de pérdida se encuentra constantemente presente
y refiere a lo «arrebatado», aquellas condiciones mínimas de vida que los
sujetos habían podido garantizarse y que, fruto del despliegue de estos
dispositivos, pierden:
Y,
bueno ahí empezó una locura de que la gente se ha empezado a desesperar, de que teniendo miedo de que los iban a venir y los iban a sacar a la calle, sin nada. Bueno, otra
gente como que se ha empezado a organizar,
a decir: «No, gente, esperen, no nos pueden venir a sacar así, que tenemos derechos que reclamar». Bueno, había
gente que no, que tenía miedo, otra gente que, a decir verdad, le venía bien
porque la gente que vivía más al fondo, digamos, gente que tenía casa muy precaria [...] les
llevaban a una casa que estaba muy al norte, cerca del cementerio de la ciudad.
Es una zona donde ellos ahí no tenían
luz, no tenían agua, no tenían... todavía hasta el día de
hoy no cuentan con escuelas, no cuenta con presencia policial [...]
las casas, a donde ellos los llevaban, son casas de durlock, paredes de durlock, parece. Bueno, la gente es gente que
le convenía irse que tenían casita de nylon, otra gente que no, pero el mismo miedo que tenían han decidido irse. En
esos tres días, la gente ha desarmado todo, han venido, los han llevado en el
camión de la municipalidad, los han
dejado y los han tirado. [...] Y bueno, gente que ha decidido irse; de las
50 familias, quedamos 20 familias, y la mayoría, todas las familias que
quedamos con casa bien, la mayoría terminadas, algunos (...) propiedad, que
era, nada escrituras que había dado Gobiernos anteriores (...) la mayoría tenía todo terminado, casa,
techo de losa, terminado cocina, algunos los baños y qué sé yo. Y bueno, las 20
no queríamos irnos allá donde ellos nos querían llevar, que era el barrio
Belén, no, no queríamos, no estábamos
dispuestos, porque aparte así en
tres días como nos han venido, nos han llevado, y nos han tirado. No
queríamos, porque veíamos que no era para nosotros, aparte era una zona muy peligrosa, no queríamos (6:2)[18].
ER2: Y
respecto de los vecinos que se han ido a los módulos, que se han ido a Belén,
¿saben cuál es su situación, digamos? EO1:
Bueno, de la gente del Belén sí, algo sabemos, porque, como te digo, se ha ido
un tío, después se han ido la suegra de ella, digamos, ahí... Ella va siempre,
por ahí los domingos va. Bueno, de ahí sí, como te digo lamentablemente... es triste verlo hoy día a los chicos
como están, les ha cambiado mucho la
vida, muchísimo, pero la mayoría como que para mal. Porque... como te decía yo, aquí los veías a los chicos
como que tenían mucho futuro se los
veía, y verlos hoy en día cómo
están, la verdad que les ha cambiado
muchísimo la vida. Y la gente que se ha ido a los módulos casi no los vemos,
pero dentro de todo ellos están bien, es una zona que es tranquila, sí han
tenido que hacer, digamos, ampliar un poquito porque eran módulos muy chiquitos. Creo que a donde ellos los han llevado. Después, han llevado
a otra gente que han desalojado también
de otro lugar, no sé si era de las zonas que han hecho por ahí una costanera,
bueno que los han desalojado también
y los han llevado para ahí, a donde
están los vecinos ellos. Y esos módulos también están sin terminar y, bueno, después lo han llevado igual. EO2: Estaban sin luz (13:47).
En estas citas es posible hacer
inteligible cómo las comunidades atraviesan por la pérdida de aquello que han
sabido conseguir y que resulta fundamental para la satisfacción de sus
necesidades. La autogestión en la producción del hábitat como forma de hacer
ciudad (característica de las sociedades latinoamericanas frente a la falta de
respuestas y acciones del Estado para garantizar los derechos) es aquello que
ha hecho posible la vida de estas poblaciones. Han sobrevivido a partir de la
autogestión –mayormente familiar y en algunos casos colectiva–, que les ha
permitido resolver sus necesidades habitacionales, incluso de manera precaria.
El Estado avanza frente a estos
procesos autogestionarios de las comunidades relocalizándolos por la fuerza. En
las referencias a las relocalizaciones encontramos usos recurrentes del verbo «haber»
en su sentido negativo –«no hay», «no había»– acompañado de pronombres
indefinidos como «nada». Este uso gramatical refiere al sentimiento de pérdida,
de aquello a lo cual los sujetos pudieron acceder y de lo que, debido a la
acción estatal, fueron desposeídos –calidad de la vivienda, luz, agua, escuela:
no había luz, agua, seguridad–. El sentimiento de pérdida emerge incluso en
relación con el futuro de los jóvenes: «tenían mucho futuro» y «han cambiado
para mal» son expresiones que en el discurso se encuentran vinculadas al
proceso de relocalización, ya que este marca un antes
y un después, no solo en las condiciones de vida, sino, incluso, en los modos
de ser, estar y la posibilidad de proyectar.
La característica de los barrios
creados por el Estado para las relocalizaciones contrasta con otros territorios
que disponen del acceso a los recursos necesarios para la vida. Esto remite a
la presencia de un ordenamiento territorial que distribuye y gestiona la
precariedad. Así, el propio accionar estatal configura territorios apreciados –con
condiciones adecuadas para la vida– y territorios depreciados –aquellos
caracterizados por contar con «nada»–, que dificultan el desarrollo de la vida.
El Estado emerge en las entrevistas como el principal dispositivo de poder que
efectúa la precariedad.
En este sentido, es preciso
reconocer la precariedad como, por una parte, modo generalizado de gobierno de
la población, que refiere a la exposición de los sujetos que deben resolver
todas sus necesidades en el mercado; y, por otra parte, como un reparto
desigual que se expresa en la configuración que el Estado produce de dos tipos
de territorios: territorios apreciados, destinatarios de la inversión en
infraestructura –pública y privada–, y los territorios depreciados, que se
caracterizan por este tipo de ausencias.
Es posible, entonces, advertir en
el discurso una oposición entre lo que se denomina «apropiación-expropiación»,
que se vincula especialmente con los efectos del despliegue de los dispositivos
de poder. La primera refiere al proceso de habitar de los sujetos, que, como
señala Lefebvre, significa «apropiarse de algo. Apropiarse no es tener en
propiedad, sino hacer su obra, moldearla, formarla, ponerle sello propio.
Habitar es apropiarse de un espacio» (1971, p. 210). La apropiación supone
procesos sociales de producción de lo propio, lo común. De allí que se
construya una estrecha relación entre apropiación y significación, ya que toda
apropiación material es –al mismo tiempo– simbólica, puesto que se apropia de
aquello que tiene/hace sentido (Mançano Fernandes, 2013). Así, el habitar se
diferencia del hábitat, ya que este último pone el énfasis en el recurso y el
espacio físico, mientras que el habitar se focaliza en los procesos sociales de
moldeado y significación.
Por su parte, la expropiación
refiere a la destrucción de la apropiación, la negación del espacio construido
y significado:
pero
nosotros no podíamos tirar nuestra
casa que habíamos hecho con tanto sacrificio, cuantos años, por
ahí, como nosotros decíamos, dejamos de
festejar un cumpleaños, dejamos de comprarnos algo que queremos por terminar de
hacer, para dignamente, tratar de vivir bien, y cómo vamos a
venir de un día para el otro con los bolsos (...) No, yo era de que si ellos
nos querían sacar, de que se nos reubique, al menos en las zona sur, donde
nosotros aquí estamos viviendo, que aquí la mayoría tenía su trabajo, los chicos tenían
aquí toda la escuela, tenían la
catequesis, la iglesia cerca y era todo aquí donde, la vida que teníamos nosotros, eh, que si ellos nos
querían sacar que nos reubiquen en zona sur, que es un barrio que tiene todo, tiene escuela, tenía
todo (6:6).
En esta cita, se expresa la
vinculación entre la apropiación y la significación: la imposibilidad de
«tirar» lo que las propias manos han construido supone un proceso simbólico que
trasciende el mero hábitat. Es decir, un proceso amplio de producción del
hábitat como habitar y, con él, el del sujeto. En esa apropiación material del
espacio, se construyen el espacio de desarrollo de la vida, los vínculos
comunitarios/vecinales/afectivos, las fuentes de trabajo, los espacios de
aprendizaje, de ocio, de relacionamiento con otros/as. Por ese motivo, el
desalojo implica la pérdida no solo del espacio físico, sino también de esos
vínculos y espacios construidos, de los medios de subsistencia mismos. El
desalojo produce entonces un proceso de desubjetivación que implica el desarraigo
y la expulsión del lugar que han construido como común (Ciuffolini, 2011). Así,
apropiación y subjetivación son partes de un mismo proceso. La contracara de
ese proceso es el acto desposesorio, el arrebato de lo construido y significado
en la búsqueda por «vivir dignamente»; es decir, la acción externa y no deseada
significa la pérdida cuyo reemplazo es «la nada».
A su vez, en la cita, emerge la
idea de «sacrificio» como el camino al que están expuestos los «pobres» para
poder tener algo, tener en cuanto a su valor de uso, el esfuerzo, el «aguante»
necesario para constituirse en merecedores de algo cuando se está por fuera del
dispositivo de mercado. Es la precarización máxima de la vida, la exposición
total que la encierra y, al mismo tiempo, aquello que posee la potencia para
mejorarla. Se construye en el relato una relación recíproca y compleja entre la
precariedad y la no precariedad, donde el pasaje de la precariedad a la no
precariedad exige la profundización de la primera como condición de sobreponerse
a la precariedad. La abnegación asume la forma de sometimiento a la escasez y a
su administración para convertirlo en «algo» a través de su resignificación
(Saccucci, 2019).
De este modo, en las entrevistas
analizadas, la precariedad asume dos dimensiones: la primera, la precariedad
como historia de vida, como una condición preexistente que ha expuesto a los
sujetos a la escasez. Frente a esta precariedad, los sujetos han desarrollado
diversas estrategias que hacían posible la supervivencia. La segunda dimensión
de la precariedad refiere a un nuevo movimiento precarizador, una efectuación
de la desposesión que vuelve a sumir a los sujetos en la escasez y la
exposición:
ER:
¿y qué lectura hacen de la (...) o cuáles son las problemáticas principales de
los barrios? EO: bueno, hay muy poca accesibilidad a los servicios básicos.
En los barrios que no están urbanizados, la gente se la arregla para tener
los servicios básicos, tirando una
manguera de la avenida... después al fondo ya te llega así (en referencia a que
es poca) de agua, pero así tienes agua, digamos... o la electricidad lo mismo,
cada uno va poniendo un palo
adelante de la casa y va tirando la
electricidad para el fondo y se viven quemando heladeras, televisores... Hay
barrios que no están nada urbanizados,
que han tenido programas de urbanización que no sabemos qué es lo que ha pasado
con eso... Por ejemplo, en La Católica estaba el Programa de Mejoramiento
Barrial, financiado por el BID que, supuestamente, creo que era en 2011, tenía
que arrancar la segunda etapa, o sea que cuando arranca la segunda etapa la
primera ya está... ¡y había una sola calle asfaltada! ¡Nada más! Y ese programa
era para que la gente tenga gas,
tenga agua, tenga electricidad, recolección de residuos... que armen cordón
cuneta, que asfalten las calles, qué se yo... hoy, al día de
hoy, recién han superado la calle donde terminaba la primera etapa, al
día de hoy deben ir dos o tres cuadras más adelante de donde terminaba la
primera etapa (10:7).
En esta cita se enuncia una
característica ya abordada: la precariedad como «ausencia de». Se trata de la
ausencia de servicios que es transversal a los barrios populares, sin importar
si han sido barrios relocalizados o no. El énfasis en la ausencia de servicios
se vincula con aquellas condiciones que dificultan la vida, con el riesgo al
cual son expuestas. El léxico «nada» resulta un articulador de los discursos,
como la inexistencia de las condiciones básicas para hacer la vida posible. No
se trata de una perspectiva que pone énfasis en la evaluación de la
infraestructura urbana y la conectividad con la ciudad, sino, más bien, desde
la ausencia de vida, allí donde no hay disponibilidad de los recursos que la
hacen posible. Así, los relatos de los barrios populares expresan la
efectuación de territorios no vivibles. La inseguridad en las condiciones de
vida es un efecto de la precariedad. Esto se expresa en el uso del presente
continuo –«van poniendo», «van tirando»–, que remite a las tácticas cotidianas
de los sujetos para hacerle frente a la escasez: aquellas prácticas cotidianas
que buscan hacer la vida posible frente a la «ausencia de».
Se configura una dualidad en el
discurso entre «no tener – tenemos». El «no tener» se asocia a no tener agua,
no tener impuestos, no tener «nada». Aquí, «no tener nada» se relaciona con la
falta de garantía de derechos de los sujetos que habitan estos territorios. No
se trata solo de un imaginario sobre las ausencias de servicios, sino que los
inaccesos se vinculan con el desconocimiento de estos individuos como sujetos
de derecho. Así, la «nada» se encuentra estrechamente relacionada con no ser
visto, no ser tenido en cuenta.
Del mismo modo, cuando se vuelven
visibles (en calidad de asistidos) para las acciones del Estado (por ejemplo,
en la cita anterior, a través de un programa de urbanización de asentamientos),
estas se vuelven aún más precarias: la respuesta estatal refuerza la
incompletitud, deja «a medio hacer» los intentos de mejora urbana. Queda
entonces en el imaginario lo que se podría haber conseguido (gas, agua,
electricidad).
El Estado funciona como dispositivo
de poder que efectúa la precariedad al jerarquizar y desigualar territorios y
poblaciones. A lo largo de este apartado, hemos expuesto las realidades pasadas
y presentes (conjugadas en expresiones como «todo»/«nada») que se producen a
partir de las intervenciones estatales, y cómo estas dan lugar a nuevas y
diferentes formas de precariedad: desde casas autoconstruidas precariamente, a
viviendas insuficientes que desarticulan relaciones sociales preexistentes;
desde hacer propia una forma de habitar hasta expropiaciones devenidas con el
acceso al hábitat; desde el acceso irregular a bienes y servicios hasta el
inacceso real configurado a través del Estado. Sin embargo, en toda relación de
poder hay una oposición que resiste, y en toda dinámica de precarización se
articulan formas de subvertirla.
4. Las
resistencias y luchas de los sujetos frente a la precariedad
Frente a las desposesiones, las
poblaciones oponen resistencias y luchas. Las resistencias no asumen una forma
articulada, como organización, sino que suponen prácticas menos estructuradas,
cotidianas, es decir, tácticas que los sujetos oponen al despliegue de los
dispositivos de poder. Las tácticas dan cuenta de ejercicios resistentes de los
sujetos, se despliegan en la vida cotidiana y expresan resignificaciones del
funcionamiento de los dispositivos. No son enfrentamientos directos, sino
prácticas cotidianas escasamente organizadas que desafían la reproducción de
las relaciones de poder.
Al decir de De Certeau (1996), las
tácticas son las acciones cotidianas ancladas en la importancia del tiempo y
las posibilidades que puedan generarse. Es decir, depende de la habilidad de
los sujetos sacar provecho de las situaciones. Así, el propio ejercicio del
poder implica la posibilidad de reinvención (Saccucci, 2019).
Por otra parte, encontramos
también, aunque en menor medida, procesos de lucha que se organizan frente a la
operatoria de los dispositivos que desposeen a los sujetos de sus territorios.
Estas luchas se caracterizan por ser procesos colectivos, organizados y que
suponen la percepción de un escenario de enfrentamiento entre partes. A
continuación, reflejamos estos sentidos hallados en el análisis de las
entrevistas.
Las
resistencias de los sujetos: tácticas frente a la desposesión
La producción del hábitat a través
de la autogestión materializa las expectativas de los sujetos. El esfuerzo, la
dedicación puesta para hacer la casa habitable y el barrio vivible, se conjugan
con una sensación de «aguante», de soportar y enfrentar las formas más adversas
para hacer posible la supervivencia.
Los procesos de desalojo han
implicado profundas presiones, amenazas y violencia sobre las comunidades. En
los relatos, emerge un proceso de resistencia que se vincula más con procesos
contestatarios desorganizados y familiares que con estrategias de lucha
colectiva. Si la consecución de la vivienda había supuesto sobrevivir a
condiciones precarias anteriores, ahora defender lo construido los enfrenta a
nuevas indefensiones/exposiciones. Así, la idea de «aguantar» resulta
característica de estos relatos. En la entrevista a continuación, se vincula el
accionar policial en el desalojo con el amedrentamiento psicológico y, frente a
eso, la posibilidad del «aguante»:
¡Uh!,
la tensión que hemos tenido ¡fue horrible! porque venía la máquina y
estaba atrás de tu casa. Bueno, hoy en día lamentablemente las consecuencias son de los chicos que están teniendo problemas, por ejemplo, la chiquita de
ella, el nenito de otra vecina también, que lamentablemente le ha afectado psicológicamente, ¡una
barbaridad! Y no solamente la presión de la policía, las máquinas que te venían
y te apuraban ahí en frente de tu casa, a espalda de tu casa. Esa presión hemos tenido en el último
tiempo. Muy, muy estresante, muy
estresante. Y bueno, a la vez, algunos vecinos decían: «Oiga, hasta aquí llego, no doy más», (risas)...
el que más aguantaba era el que
terminaba ganando, aquí era la
resistencia del que más aguantaba. El que más aguantaba era el que
terminaba logrando lo que realmente quería, luchaba por lo que quería: que nos
reubiquen en otra casa, salir de una casa e ir a otra casa (6:15).
Quienes lograron «aguantar»,
resistir a esos embates, son quienes lograron conservar o negociar aquello que
habían elegido. Se trata de una resistencia a una forma de ejercicio de poder
desposesoria que profundiza la precariedad a la cual se encuentran expuestos.
En otras palabras, el «aguante» es la táctica de resistencia que les permitió
defender sus vidas de una situación aún más desposesoria, incluso cuando esto
supuso la exposición a grandes niveles de violencia.
El desgaste, el cansancio y la
violencia de las amenazas de desalojo calaron hondo sobre las decisiones de los
sujetos, quienes comenzaron a optar individualmente, hasta donde «el aguante»
se los permitió. De allí que las fracturas internas entre vecinos/as es una de
las principales consecuencias de los desalojos y las operatorias que los
acompañan.
El
«aguante» no se refiere a un sacrificio resignado y estoico, sino que supone
una táctica de resistencia. Esta táctica se encuentra profundamente vinculada a
la voluntad de permanecer, conservar y defender aquello que representa mucho
más que una vivienda. Supone reducir la precariedad a la cual estos sujetos han
sido expuestos históricamente a partir de defender la tierra.
La
producción de la vivienda a través de la autogestión construye otra forma de
relacionarse con la tierra, un modo no mercantil de acceso al suelo que
prioriza su valor de uso y lo percibe como lugar de cobijo y resguardo para la
vida, frente a la mirada que la significa como un valor de cambio y un negocio
para la acumulación. Estas tácticas suponen, en consecuencia, el desarrollo de
un «habitar», un permanecer que sobrepone la precariedad a través del
sacrificio. En consecuencia, habitar significa apropiarse, construir algo
propio, lo que el cuerpo en su potencia puede producir, y que se encuentra
cargado de sentido y valor personal.
De
allí que la táctica del «aguante» debe ser entendida como la principal forma
que asumen las resistencias analizadas. Refiere a las resistencias
desorganizadas que los sujetos oponen a la desposesión a partir de aguantar la
violencia a la cual son expuestos en pos de conservar el espacio creado.
Las
luchas frente a la desposesión
En los discursos analizados,
encontramos también relatos que dan cuenta de diversas experiencias
organizativas para luchar contra la desposesión. Estos relatos aparecen en
menor medida que las resistencias individuales, pero reflejan experiencias de
recuperación de aquello que les fue arrebatado. En general, estos discursos se
vinculan con experiencias anteriores de lucha contra desalojos,
fundamentalmente en el sector rural. Las experiencias políticas previas de
algunos/as referentes fueron aquello que hizo posible la organización
colectiva:
Sí,
en Pinto ha sido una lucha en el 2001,
en la época del boom de la soja
que han venido los grandes empresarios
a desarrollar... a quitarles las tierras.
Nosotros hemos tenido como cinco desalojos
en Pinto. Han venido, han desalojado a las familias [...] Pero las cinco
veces que han desalojado han entrado policías con jueces a voltear las casas y
sacar a las familias a la fuerza [...] Pero después nos organizamos y retomamos
la tierra. En Pinto no hay un pedazo de tierra que no han desalojado y no
hemos vuelto más, no hay, porque hemos
vuelto a retomar. Nos organizamos
y fuimos y entramos. Y sí, es un trabajo para volver hacer la casa, pero lo hicimos (9:3).
En este extracto, se relatan los
procesos de desalojo en la localidad de Pinto en manos de grandes empresarios
vinculados al agronegocio[19]. Frente a
esta desposesión, las comunidades organizadas junto con el Movimiento Campesino
de SDE fueron paulatinamente recuperando las tierras y reconstruyendo sus
hogares. Esta experiencia es recordada por una de las referentes del actual
proceso de lucha en la ciudad como intento de marcar su continuidad. La
experiencia previa y la formación adquirida en luchas pasadas es lo que explica
la presencia de algunos procesos actuales de lucha en contra de nuevas
desposesiones. Así, «volver a retomar» refiere a la vehemente lucha en contra
de los procesos precarizadores. Al decir de Mançano Fernandes (2008) –con
respecto a su estudio sobre las ocupaciones de tierras rurales en Brasil–, «la
ocupación de tierras es conocimiento construido sobre las experiencias de lucha
popular contra el poder hegemónico del capital. Es un complejo proceso
socioespacial y político, en el cual las experiencias de resistencia de los sin
tierra son creadas y recreadas [...] Esta experiencia tiene su lógica
construida en la práctica y tiene como componentes constitutivos la indignación
y la revuelta, la necesidad y el interés, la conciencia y la identidad, la
experiencia y la resistencia» (pp. 337-338).
Más allá de las particularidades de
las luchas (sean urbanas, periurbanas o rurales), las ocupaciones –o tomas– de
tierra contemporáneas son la manifestación no solo de una necesidad material
concreta, sino también de un aprendizaje construido colectivamente en la
historia de las luchas populares. En ese sentido, las luchas contra la
precariedad se asientan sobre la base de experiencias cotidianas compartidas.
No se trata de procesos conflictivos que se organizan de manera espontánea,
desconectados de las prácticas cotidianas, sino, por el contrario, de una vida
cotidiana que permitió la creación de lazos entre vecinos/as que resulta
fundamental para explicar las luchas posteriores:
En
los dos años que estamos, hemos hecho mucho: conocer y hacer conocer. Y lo
más lindo es que a veces vienen las compañeras del merendero, se sientan y
charlan, intercambian de sus problemas, te cuentan, los compañeros que están
ahí en los block, que nunca se han juntado, y
cada uno en su casa y capaz que ni se conocían ni se saludaban, pero están ahí, charlando, riéndose, y eso es parte de la lucha, parte de la
organización. Verlos en la huerta todos sembrando o sentarse a tejer, un grupo
haciendo los dulces, eso es muy motivador estar juntos. Y ellos mismos a veces
comentan que ni sabían quién era el otro, ni se saludaban. Y a veces ellos
mismos dicen «y hoy estamos tomando
mates». Y esas cosas son las que se valorizan. Bueno, algún día que
tengamos problemas de tierra que venga alguien que diga «esto es mío», ya
estamos sabiendo cómo vamos a responder. Nadie
tiene que aflojar, todos tenemos que ir juntos, sino bueno, ellos también
tienen como experiencia, del lugar
del barrio de donde se han tenido que ir porque uno decía «arreglo», el otro
«no arreglo», y algunos se han quedado y la mayoría se han ido... ER: ¿eso
ustedes lo vienen charlando? EO: ellos mismos dicen: «Si yo hago mi casa, no la voy a entregar el día de mañana» (9:6).
En este extracto, se refleja cómo
la vida cotidiana asume un sentido colectivo a partir del «encuentro» entre
vecinos. Cuando la vida cotidiana deja de ser pensada en sentido individual y
comienza a ser vivida colectivamente, se politiza. La politización de los espacios de la vida cotidiana
supone una ampliación de las fronteras de la política, en especial sobre
aquellos espacios antes considerados como propios del ámbito de la
reproducción. Así, la política se territorializa, al tiempo que el territorio
se politiza (Merklen, 2005; Svampa, 2005). En esta dinámica, las organizaciones
sociales de base territorial se convierten en espacios de emergencia de
proyectos políticos y procesos de organización que potencian las posibilidades
de insubordinación y lucha.
Los
espacios de encuentro entre vecinos/as (merenderos y copas de leche,
emprendimientos productivos cooperativos, entre otros) se organizan como
estrategias para hacer frente a la precariedad. Esta comunidad en desarrollo es
el sustento que permite las prácticas de lucha frente a nuevas desposesiones,
como son los desalojos. Así, de acuerdo con el análisis realizado, las luchas
frente a los desalojos solo pudieron organizarse allí donde existían
experiencias previas de comunidad y de participación en otros procesos
políticos de enfrentamiento.
5. Reflexiones
finales
En este artículo, hemos indagado
sobre la efectuación de precariedad en casos de relocalización territorial en
la ciudad de SDE, Argentina. Analizamos en especial aquellas poblaciones que,
habitando sitios de precariedad, son reubicadas, por acción del Estado, en
otros territorios, lo que reproduce sus condiciones precarias, pero, a su vez,
genera otras y diferentes formas de precariedad (como, por ejemplo, la
dificultad de acceder a servicios básicos como agua y luz). A continuación,
referiremos los que consideramos los principales aportes de esta investigación.
En primer lugar, a partir del
análisis de discurso, hemos identificado que la característica principal de los
relatos es la precariedad, en especial la vinculada a la cuestión habitacional.
Esta noción, ampliamente expuesta en este estudio, emergió del mismo trabajo
sobre las entrevistas y fue el concepto central que nos permitió enriquecer la
relación entre la teoría y el dato, proponiendo una mirada extensiva sobre las
relocalizaciones.
En segundo lugar, la precariedad se
manifiesta como la condición de vida a la cual son sometidas diferencialmente
algunas poblaciones por el despliegue de diversos dispositivos de poder. En el
caso analizado, la precariedad se profundiza a partir del proceso de
relocalización instrumentado y dinamizado por el Estado. De este modo, este
aporte refiere a la vinculación teórico-empírica entre las perspectivas aquí señaladas
sobre precariedad, conceptos de la perspectiva foucaultiana y los abordajes
sobre las relocalizaciones forzadas.
Como tercera contribución, esta
investigación permite conocer empíricamente las características de la
precariedad en un caso específico. Esto supone, al menos, dos aportes. Primero,
conocer las diversas manifestaciones posibles de la precariedad. Esto en sí
mismo debe ser entendido como una contribución, ya que el concepto de
precariedad aquí propuesto es mucho más amplio que aquel vinculado a los nuevos
regímenes laborales. Segundo, conocer específicamente las características que
asume la precariedad en una ciudad argentina con altos niveles de pobreza.
En cuarto lugar, esta investigación
aporta conocimiento en un área «vacante» de las Ciencias Sociales, que es el
estudio de los procesos de relocalizaciones en el marco del proceso de
«renovación urbana» en el caso concreto de SDE. Decimos que es un área vacante,
ya que no hemos podido hallar antecedentes de investigaciones sobre este
«fenómeno» específico, en este caso concreto. Asimismo, consideramos que se
trata de un aporte a los análisis sobre los modos de gobierno que se vienen
realizando sobre la provincia y la ciudad en los últimos tiempos (Vommaro &
Quirós, 2011; Godoy, 2012; Tasso & Zurita, 2013; Capello & Galassi,
2011, entre otros citados en el texto).
En quinto lugar, esta investigación
concluye que existe un profundo vínculo entre los procesos desposesorios que
resultan del despliegue de los dispositivos de poder y un proceso
desubjetivador. Emergen dos expresiones de la precariedad habitacional: una
pasada, que se expresa en historias familiares en búsqueda de una vivienda
digna, y otra actual, que remite a nuevos procesos de desposesión. Estos
refieren, en un primer acercamiento, a la pérdida del hogar construido con las
propias manos, con el esfuerzo y sacrificio familiar. En un acercamiento más
profundo a los datos, estos nuevos procesos de desposesión son vividos por los
sujetos como pérdidas, arrebatos que no se circunscriben al hecho de perder el
hogar, sino que tienen un alcance mucho mayor. La nueva desposesión los coloca
en condiciones de precariedad y exposición y supone, a su vez, un proceso
desubjetivador. La desubjetivación se produce allí cuando los sujetos son
desarraigados, expulsados del lugar que han construido colectivamente, ya que
se fracturan los procesos de apropiación. Supone una modificación profunda en los modos de vida de los
sujetos y una ruptura de las relaciones sociales configuradas que conformaban
un «nosotros» percibido. La desubjetivación se
expresa en ideas como la pérdida del futuro y la posibilidad de proyección, ya
que el sujeto ha sido dislocado.
En sexto lugar, en cuanto a los
dispositivos de poder, hemos encontrado que el Estado es el principal productor
de precariedades, fundamentalmente a través de políticas urbanas y
habitacionales. El desarrollo de estas políticas habitacionales ha configurado
territorios desiguales: por un lado, territorios apreciados, destinatarios de
la inversión pública y privada; y, por otro, territorios producidos por la
acción estatal, pero que son depreciados, no cuentan con ninguno de los
servicios básicos para la vida de los sujetos, y los sumen en la precariedad.
Así, las relaciones que históricamente se han establecido entre el Estado, el
capital y los sectores populares modifican y (re)configuran la ciudad y, con
ella, las trayectorias laborales y habitacionales, e incluso la propia conformación
de la subjetividad. Las formas de amedrentamiento del Estado a través,
fundamentalmente, de las fuerzas policiales, expone a los sujetos a la
violencia e indefensión.
Finalmente, en séptimo lugar, la
perspectiva teórica presentada incluye en el análisis las resistencias y luchas
que los sujetos oponen al despliegue de los dispositivos de poder que reparten
de modo desigual la precariedad. Así, hemos encontrado que las resistencias son
el modo mayoritario de oposición a los dispositivos. Estas refieren a aquellas
tácticas individuales o escasamente organizadas que resignifican el
funcionamiento de los dispositivos. Particularmente, el «aguante» refiere a la
táctica que los sujetos desarrollan con el fin de aferrarse al espacio creado,
incluso a pesar de las violencias ejercidas sobre ellos. Por su parte, las
luchas refieren a prácticas organizadas y colectivas que se estructuran en
función de un escenario conflictivo percibido, un juego de posiciones entre
diversos sujetos sociales que se enfrentan. En este sentido, las actividades
sociocomunitarias han emergido como espacios centrales en la vida de los
sujetos, ya que permiten hacer frente a la precariedad a la cual se encuentran
expuestos. Al mismo tiempo, estas experiencias colectivas son recuperadas en
los discursos como soportes comunitarios que han permitido la lucha en defensa
del espacio propio logrado y creado frente a las amenazas de desalojos.
En definitiva, la efectuación de
precariedad habitacional se relaciona con procesos desubjetivadores, esto es,
la ruptura de lazos; una subjetividad del miedo y la violencia ejercida por el
Estado principalmente a través de la fuerza policial; y un desconocimiento del
esfuerzo y el «aguante» de los habitantes por revertir sus condiciones de
precariedad. Se trata de procesos desubjetivadores que se desanclan de su
cotidianeidad y son atravesados por un conjunto de condiciones provocadas por
la relocalización.
A su vez, existe un proceso de
reanclaje frente a los cuales no se registran mayormente luchas, sino, más
bien, la puesta en práctica de algunas tácticas que pretenden generar márgenes
de libertad y autoprotección allí donde la exposición y desposesión han sido
brutales. Estas tácticas suponen resistencias microscópicas y escasamente
organizadas que resignifican el despliegue de los dispositivos de poder y
moldean sus efectos. La primacía de las tácticas por encima de procesos de
lucha más organizados expresa tanto la introyección de mecanismos
individualistas para enfrentar la precariedad, cuanto una resistencia que puede
convertirse, con el tiempo, en procesos de lucha.
Así, la precariedad habitacional no
debe ser entendida solo como la desposesión de la vivienda, sino como un
proceso integral que modifica cabalmente a los sujetos, sus relaciones y modos
de vida. En otras palabras, recuperando las expresiones de los sujetos: han
perdido el futuro y el presente se encuentra atravesado por la precariedad.
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[1] El trabajo que aquí presentamos fue realizado
en el marco del proyecto «Precarización, gobierno de la vida y resistencias. Un
estudio de los conflictos políticos y sociales de la última década en Argentina»,
bajo la dirección de Dra. María Alejandra Ciuffolini, Área de Ciencias Sociales
y Humanidades, Unidad Asociada al Conicet, Secretaría de Investigación,
Universidad Católica de Córdoba. Financiado y acreditado por:
Foncyt-PICT-2015-2242. Para más información, consulte http://www.llanocordoba.com.ar
[2] La población de la ciudad, según el Indec
(2010) es de 252.192 habitantes (30% de la población
provincial), y junto con La Banda y Zanjón forman el conglomerado urbano más
importante de la provincia (360.923 habitantes).
[3] La migración poblacional de la
provincia tiene características específicas, ya que históricamente se la
consideró como la «productora de mano de obra» para las provincias pampeanas;
además de contar con grupos migratorios internos considerados «golondrinas»
(por su migración estacional). Esto ha impactado en particular en la ciudad,
donde la generación de nuevos barrios siguió el curso de estas migraciones. Además,
la provincia de SDE se caracteriza por una alta
concentración de población rural. En los últimos tiempos, y por los cambios
económicos acaecidos, familias campesinas fueron despojadas de sus tierras y
expulsadas hacia las ciudades. Los desplazamientos
poblacionales operados por la transformación económica de esta provincia han
sido analizados por diversos autores: Barbetta (2009), Bolsi y Madariaga (2006),
De Dios (2010, 2012), Paz y Jara (2012), entre otros.
[4] Hay vasta bibliografía que aborda
la diferencia conceptual entre villa o asentamiento. En general, centran su
atención en virtud de sus características espaciales, poblacionales, del modo
de ocupación de la tierra, entre otras. Para fines de este trabajo, recuperamos
los aportes de Cravino (2001) y Lekerman (2005), para quienes las villas se
originan principalmente en los períodos de industrialización y migración del
campo a la ciudad, a partir de ocupaciones irregulares de tierra urbana
vacante, y producen tramas urbanas muy irregulares. En cambio, la emergencia de
los asentamientos se vincula mayormente con la reconfiguración económica de las
políticas neoliberales, y estos se caracterizan por trazados urbanos que
tienden a ser regulares y planificados, semejando la distribución habitual de
los loteos comercializados en el mercado de tierras.
[5] Entendemos
por relocalización territorial a la acción del Estado
en el desalojo de sectores populares con tenencia precaria de la tierra y su
reubicación en conjuntos habitacionales en la periferia (Ciuffolini &
Scarponetti, 2011).
[6] Es preciso señalar que las autoras han
trabajado juntas y que hay líneas de continuidad y contacto entre sus abordajes
teóricos. A su vez, es posible encontrar algunas diferencias entre las
perspectivas. Para los fines de este trabajo, nos hemos concentrado en aquello
que es compartido por ambas y que permite concebir sus aportes a partir de su
complementariedad. Así, mientras que Butler hace hincapié en la condición
precaria como una condición ontológica y sostiene a su vez la importancia de
centrar la mirada en las condiciones histórico-sociales que producen la
«precaridad», Lorey profundiza en herramientas que permiten pensar la
precariedad («precaridad», en términos de Butler) como modo de gobierno
neoliberal y pone el foco en la vinculación de esta con la gubernamentalidad.
[7] El neoliberalismo supone un
conjunto de saberes, dispositivos y prácticas que despliega esta racionalidad
de nuevo tipo poniendo en juego las subjetividades (Gago, 2014). En definitiva,
es un nuevo modo de gobierno de la vida de los sujetos y de relaciones sociales
que ha puesto en el centro de la escena la emergencia de distintos dispositivos
específicos, así como también nuevas subjetividades.
[8] En este artículo, se presenta el análisis de una parte de los
datos que fueron recolectados en el trabajo de campo. Es preciso señalar que
otros significantes emergentes del discurso han sido abordados en otro escrito
de nuestra autoría, «El proceso de reconfiguración urbana en el área
metropolitana de Santiago del Estero: estudio de casos múltiples a partir de la
relocalización de asentamientos urbanos», Revista Estudios Demográficos y
Urbanos (en prensa), donde se abordan de manera específica la intervención
estatal y la (re)configuración urbana.
[9] Equipo de investigación El Llano
en Llamas (http://www.llanocordoba.com.ar). La línea de investigación del
equipo es más amplia que la que aquí reseñamos. En términos generales, nos
centramos en las luchas sociales y resistencias actuales, y en el estudio de la
racionalidad neoliberal del Gobierno de las poblaciones.
[10] Estudios pioneros han sido el de
Brown en 1951 sobre los 60.000 desplazados en el valle de Tennesse, en los
Estados Unidos; o el de Fahim (1960), sobre las relocalizaciones por la presa
de Asuán en Egipto; así como los análisis de Scudder (1966) y Colson (1971)
sobre desplazamientos en África (Barabás & Bartolomé, 1992).
[11] Por cuestiones de espacio, no
podemos referenciar todos los autores y autoras que trabajan esta problemática,
pero –anticipándonos a excluir de manera inintencional referencias– a las antes
citadas agregamos otras a nivel internacional: Miranda (2019); Goetz (2012); Huchzermeyer (2011);
Smart (2012); Buckley, Kallergis y Wainer (2016); y Doebele (1987).
[12] Para profundizar sobre los diversos abordajes teóricos del
concepto «precariedad», revise Saccucci (2017a).
[13] Autores/as como Gil (2014); Díaz
Cruz (2014) y Jornet Somoza (2016) adoptan una perspectiva similar con el
objetivo de comprender cómo somos gobernados en el mundo neoliberal y la
importancia que asume la precariedad.
[14] Para
los fines de este artículo, nos hemos centrado en las dos primeras dimensiones
propuestas por Lorey.
[15] La pobreza del aglomerado Santiago del Estero –
La Banda aumentó en un 1,4% entre el segundo semestre de 2016 y el primero de
2017; por su parte, la indigencia varió en un 4,3%, por lo que se convirtió en la
región con peores niveles de la República Argentina (Consejo Nacional de
Coordinación de Políticas Sociales, 2018). Se estima que, dados los cambios
acontecidos en los últimos tiempos, los niveles de pobreza e indigencia hayan
aumentado en la región.
[16] Según
Saltalamacchia (2012), «en la provincia no existe actividad económica que no
dependa del ingreso fiscal administrado por el gobernador, sus ministros y, en
menor medida, los intendentes municipales [...] de ese modo, se produce un tipo
de Estado cuyo gobierno detenta el control sobre la principal fuente de
recursos: El Fisco» (2012, p. 11). Para Mancini (2014), lo distintivo de SDE es
que la administración del Estado provincial y sus recursos constituye un
mecanismo de poder de gran importancia para el ejercicio de la dominación, ya
que los principales recursos de la economía provincial, como la importancia que
el Estado desempeña en ella, provienen de fondos nacionales. Para una revisión histórica de la organización
político-económica de la provincia, véanse Rossi (2007) y Tasso (2003, 2007),
entre otros.
[17] No queremos pasar por alto las
características particulares que hacen de SDE una provincia con procesos
políticos singulares. Desde 1948, y solo con interrupciones durante los
gobiernos militares, la provincia estuvo gobernada de manera personalista por
Carlos Juárez (durante algunos años, lo hizo de manera indirecta nombrando a
personalidades que respondían directamente ante él), hasta el año 2004, cuando
se produjo la intervención federal (se conoce a este período como «El
Juarismo»). Acusados de corrupción y violación a los derechos humanos, Juárez y
su esposa (quien ejercía el cargo de gobernadora en ese momento) fueron
encarcelados. Luego de un año de intervención federal, las elecciones abrieron
paso a nuevas fórmulas de gobierno y, con ello, mayor involucramiento con las
políticas nacionales. Sin embargo, la particularidad de «El Juarismo» en la
provincia y en la ciudad hace de SDE una región con prácticas políticas singulares,
tanto de los grupos dominantes como de los sectores populares. Este tipo de
exposiciones ha sido extensamente analizado por Vommaro y Quirós (2011), Godoy
(2009, 2012) y Schnyder (2009, 2011), por citar algunos.
[18] Los códigos que se encuentran al
final de los extractos de entrevista son identificatorios. El primer número
refiere a la entrevista (que referenciamos en la tabla 1), mientras que el
segundo da cuenta del extracto. Ejemplo: (7:1) significa entrevista 7, cita 1.
En las transcripciones se usó la siguiente simbología: (…) cuando el audio no
es comprensible; (-) cuando hay una interrupción por parte del entrevistado/a o
del entrevistador/a; … cuando se producen silencios breves; [...] cuando se
produjeron recortes al relato con fines analíticos/expositivos; ER:
entrevistador/a; EO: entrevistado/a.
[19] Pinto es una localidad a 245 km de la ciudad
de SDE, muy cerca de la extensión de la frontera agropecuaria.