La expansión de los comedores comunitarios en la Argentina contemporánea: las imágenes que devuelve el espejo

María José Magliano

Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CONICET y Universidad Nacional de Córdoba)

majomagliano@unc.edu.ar

Resumen. El artículo analiza la expansión de los comedores comunitarios en la Argentina contemporánea como respuesta a procesos socioeconómicos más amplios vinculados con el aumento de la pobreza y la exclusión social en contextos urbanos. Se apoya en una metodología cualitativa que combina una investigación individual realizada en barrios populares de la ciudad de Córdoba con población migrante, y otra colectiva desarrollada en esa misma ciudad con mujeres referentes de comedores comunitarios. Los principales hallazgos muestran, por un lado, las persistentes dificultades que encuentran las familias de sectores populares (nativas y migrantes) para asegurar su subsistencia y, por el otro, las formas de organización colectiva que se entraman desde los márgenes urbanos para generar estrategias de sostenibilidad de la vida.

Palabras clave: comedores comunitarios, mujeres, organización colectiva, desigualdades sociales, pobreza, Argentina.

The expansion of community kitchens in contemporary Argentina: the images that reflect the mirror

Abstract. The article analyzes the expansion of community kitchens in contemporary Argentina as a response to broader socio-economic processes linked to increasing poverty and social exclusion in urban contexts. It is based on a qualitative methodology that combines individual research carried out in popular neighborhoods in the city of Cordoba with a migrant population, and a collective study developed in the same city with women who lead community kitchens. The main findings show, on the one hand, the persistent difficulties encountered by low-income families (natives and migrants) to ensure their subsistence and, on the other hand, the forms of collective organization that are emerging from the urban margins to generate more dignified life sustainability strategies.

Keywords: community kitchen, women, collective organization, social inequalities, poverty, Argentina.

Introducción

El artículo analiza la expansión de los comedores comunitarios en la Argentina contemporánea como respuesta a procesos socioeconómicos más amplios vinculados con el aumento de la pobreza y la exclusión social en contextos urbanos. La primera vez que percibí la importancia de los comedores comunitarios fue durante el trabajo de campo iniciado en 2012 en un barrio popular localizado en la periferia de la ciudad de Córdoba, habitado y construido en su mayoría por migrantes de origen peruano a partir de la toma de tierras fiscales. Al compás de la construcción del barrio por los propios vecinos y vecinas, comenzó a funcionar un comedor gestionado por las mujeres peruanas destinado a cubrir parcialmente las necesidades alimentarias de la población infantil que allí residía. En esos primeros años de existencia del barrio funcionaba un solo comedor, sin embargo, conforme se fue consolidando y su población aumentando, el número de comedores creció hasta alcanzar los cinco en 2023. La expansión de la cantidad de comedores no es un hecho excepcional, sino que es parte de un proceso más extenso que pone de manifiesto las dificultades que han encontrado los sectores populares que habitan los márgenes urbanos para asegurar su subsistencia. Al mismo tiempo, es una muestra de la capacidad de organización de estos sectores, aun en escenarios de fuertes restricciones y limitaciones.

En Argentina, de acuerdo con datos del Registro Nacional de Comedores y Merenderos Comunitarios (Renacom), se contabilizaron en 2023 unos 5000 comedores comunitarios en el país. En la ciudad de Córdoba, en particular, el Registro de Comedores y Merenderos Georreferenciados muestra que, en 2023, había unos 1682 comedores. Se trata de una cifra que no ha dejado de crecer en los últimos años, en especial debido a las consecuencias socioeconómicas de la pandemia por COVID-19. Según los registros que maneja el propio municipio, en 2021 había 901 comedores activos, en 2022 fueron 1489 y para mediados de 2023 llegaron a 1682. En parte, la multiplicación de estos espacios ha funcionado como respuesta a los sostenidos niveles de pobreza en el país. Un informe elaborado por el Cippec en 2019 documentó que la tasa de pobreza en Argentina medida por ingresos nunca fue menor del 25% en los últimos 30 años (Gasparini, Tornarolli, & Gluzmann, 2019). Ese porcentaje aumentó de manera considerable en el contexto de la pandemia y, según cifras actualizadas del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), en el segundo semestre de 2022 el 39,2% de la población a nivel nacional se encontraba en situación de pobreza (Indec, 2023). Ese porcentaje es aún mayor para el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), que registró para el mismo período un 43,1% de personas en situación de pobreza (Bonfiglio, Vera, & Salvia, 2023). Desde ese organismo también se remarcó que en la franja etaria hasta 17 años el porcentaje de pobreza asciende hasta el 61,6% (Bonfiglio et al., 2023). En el caso de Córdoba, y según cifras del Indec, la pobreza afectó en 2022 al 39,5% del total de la población y al 54% de menores de 14 años1.

En un contexto marcado por el aumento de la pobreza, los comedores comunitarios se consolidan en la escena nacional como espacios que buscan atenuar la precariedad que afecta a las poblaciones que viven en áreas urbanas relegadas. En el país, los orígenes de los comedores comunitarios se remontan principalmente a la década de 1980, como parte de las respuestas a la crisis socioeconómica durante la presidencia de Raúl Alfonsín (1983-1989), en especial en los últimos años de su Gobierno (Maceira & Stechina, 2011; Aguirre & Pautassi, 2022). A partir de ese momento, hay algunas características de estos espacios que han alcanzado cierta estabilidad en el tiempo. En su investigación, Faracce Macia (2023, p. 191) encuentra que, desde sus inicios, los comedores comunitarios emergieron como espacios transitorios tendientes a resolver problemas puntuales, pero que, con el tiempo, se fueron afianzando como permanentes. En este proceso, se conformaron como ámbitos de sociabilidad, de recreación y de resolución de problemáticas alimentarias, educativas y de salud para los sectores sociales más empobrecidos. De manera que una lectura de estos espacios supone el reconocimiento de su multidimensionalidad. Como señala Santarsiero en sus investigaciones (2013, 2020), la existencia de los comedores en Argentina remite a tres fenómenos: político, en tanto «evidencia un espacio para la politicidad barrial vinculada con la política social territorializada»; social, en función de los «lazos de solidaridad y de interacción cotidiana» que surgen en el espacio comunitario a partir las prestaciones y acciones de los comedores; y alimentario, pues su fin primordial es «brindar alimentos sumando intervenciones y recursos a la cotidianeidad del espacio barrial» (Santarsiero, 2020, p. 37). El funcionamiento de los comedores recae, principalmente, en mujeres (tanto nativas como migrantes de origen latinoamericano) que pertenecen a los sectores populares2. Se trata de un trabajo ampliamente feminizado (Fournier, 2017; Ierullo, 2011; Magliano, 2018; Zibecchi, 2014, 2018, 2020, entre muchos otros). Precisamente, mi primer acercamiento con los comedores fue a partir de acompañar a mujeres peruanas que, frente a las múltiples necesidades que reconocían en su barrio, se organizaron en un espacio comunitario que buscaba resolver los problemas de alimentación de la población infantil.

En términos metodológicos, este estudio se apoya en los resultados de un trabajo de campo cualitativo que combina dos investigaciones, una de carácter individual y otra colectiva. La primera se situó en barrios populares de la ciudad de Córdoba construidos y habitados por migrantes sudamericanos, en especial bolivianos y peruanos3. Se trató de una investigación de largo aliento (2012-2022) que involucró entrevistas en profundidad con mujeres migrantes de esos orígenes y registros de observación participante de aquellas actividades que desarrollaban para consolidar el barrio y su proyecto migratorio. Como parte de esa batería de actividades, los espacios de cuidado comunitario (comedores y guarderías especialmente) ocuparon un lugar protagónico. En total, se reunieron 15 entrevistas con mujeres migrantes de origen peruano que participaron activamente en esos espacios y 30 registros de observación participante focalizados en el trabajo de las mujeres en los comedores. En segundo lugar, recupera los hallazgos de una investigación colectiva realizada en el marco de un Proyecto de Unidad Ejecutora financiado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) para el período 2017-2022, que constó de la realización de 10 entrevistas en profundidad con referentes de comedores comunitarios localizados en diferentes barrios populares de Córdoba, nueve de ellas mujeres (ocho de nacionalidad argentina y una de nacionalidad peruana) y un varón (de nacionalidad argentina)4. Las entrevistas se llevaron a cabo durante el período comprendido entre noviembre de 2021 y junio de 2022 en los propios espacios donde funcionaba el comedor5. En todos los casos, se aplicó la misma guía de entrevista flexible, organizada en función de una serie de dimensiones (la organización de las tareas para el funcionamiento del comedor y los cambios que introdujo la pandemia, las estrategias alimentarias desplegadas por las mujeres, los diferentes vínculos que entablan con el Estado, la evaluación de las políticas sociales orientadas a los espacios comunitarios), lo que facilitó el análisis y la sistematización de ese corpus.

Con base en los resultados obtenidos en ambas investigaciones, este estudio apunta a reconstruir las imágenes que proyectan los comedores comunitarios y su expansión como parte de un ejercicio que intenta reflexionar críticamente sobre los efectos sociales de la pobreza, la precarización laboral y la exclusión social de los sectores populares y las formas de organización que estos proponen para mitigarlos. Así pues, la apuesta consiste en situar en el centro de la discusión política las problemáticas asociadas a la reproducción de desigualdades sociales en el marco del capitalismo neoliberal, así como las racionalidades que se entraman desde los márgenes para lograr sostener la vida.

El artículo se divide en tres apartados, cada uno de los cuales repone tres imágenes que permiten explicar la existencia, continuidad y proliferación de los comedores comunitarios. La primera imagen muestra la reproducción generacional que está en la base de las lógicas de funcionamiento y retroalimentación de estos espacios. Me interesa reparar en la persistencia de diferentes generaciones dentro de una familia alimentadas en comedores como un síntoma de las imposibilidades que han enfrentado los sectores populares en las últimas décadas para generar mecanismos de progreso y de movilidad social. La segunda imagen revela la problemática alimentaria que tensiona el día a día de los espacios comunitarios, agudizada en el contexto de la pandemia, cuando el número de personas que demandó asistencia alimentaria aumentó a un ritmo más acelerado que los recursos con que contaban estos espacios para funcionar. La tercera imagen repara en la capacidad de acción y organización de las mujeres que lideran los comedores comunitarios en un escenario donde priman fuertes restricciones materiales.

Primera imagen: la reproducción generacional de los comedores comunitarios

La expansión de los comedores comunitarios en la Argentina de las últimas décadas acompañó especialmente la proliferación de barrios populares localizados en las áreas urbanas del país. El Registro Nacional de Barrios Populares en Proceso de Integración Urbana (ReNaBaP) registró en 2022 un total de 5687 barrios populares en el territorio nacional (en 2016 había 4416 según esa misma fuente), donde residían más de 5 millones de habitantes sin acceso formal a la vivienda y a los servicios públicos básicos6. De acuerdo con los datos recopilados por la organización social Techo para el contexto nacional, el 66% de esos barrios no accede formalmente al servicio de energía eléctrica; el 90%, a la red de agua potable; el 97%, a la red cloacal; y el 99%, a la red de gas natural (Techo, 2022). El mismo informe documentó que los barrios, a nivel nacional, tienen un promedio de 33 años desde su conformación. En la ciudad de Córdoba, el número de barrios populares alcanzó los 281 en 2022, reuniendo a unas 34 896 familias.

Un amplio conjunto de las mujeres que conocí durante el trabajo de campo en barrios populares contaba con experiencia previa en el manejo de los comedores comunitarios. El testimonio de Blanca de barrio Cabildo Anexo lo grafica con claridad: «toda mi vida vivimos en una villa y yo veía a mis tías que, viste, siempre estaban metidas en los comedores» (Blanca, comedor de barrio Cabildo Anexo, Córdoba, 4 de abril de 2022). Los comedores comunitarios para Blanca fueron parte de su vida cotidiana desde una muy temprana edad. Precisamente, ese conocimiento es lo que la decidió, años después, a abrir junto con un grupo de vecinas y sus hermanas una copa de leche en su barrio: «hacía frío y decíamos, mirá, tienen hambre los chicos o se sienten mal, les duele la panza, entonces optamos por una copa de leche» (Blanca, comedor de barrio Cabildo Anexo, Córdoba, 4 de abril de 2022)7.

La experiencia de Blanca permite dar cuenta de que las mujeres que viven en los barrios populares saben de primera mano y por experiencia propia y familiar cómo gestionar los espacios comunitarios. En el caso de las mujeres peruanas, ese saber hacer retoma un aprendizaje incorporado en las barriadas de Lima, antes de la migración. Es que Perú resultó uno de los países pioneros en promover la apertura de comedores comunitarios conducidos por mujeres, como una manera de resolver las necesidades alimentarias de sus poblaciones. Para comienzos de la década de 1980, había en la ciudad de Lima más de 300 comedores comunitarios (Blondet & Montero, 1995), una realidad todavía inédita en otros países del continente y de Argentina en particular (Magliano & Perissinotti, 2021). Tal como reconoció Graciela, migrante peruana de Los Artesanos, «en Lima nuestras familias siempre tuvieron cerca un comedor y aquí nosotras hacemos más o menos lo mismo que allá» (Graciela, comedor de barrio Los Artesanos, Córdoba, 14 de octubre de 2016). Como indicamos en un trabajo previo (Magliano & Perissinotti, 2021, p. 11), se trata de una variedad de conocimientos, saberes y modos prácticos de hacer que resultaron imprescindibles tanto para el sostenimiento del espacio comunitario como para la consolidación de los barrios en los que mayoritariamente habitan los sectores populares. Algunos de esos saberes se vinculan, por ejemplo, con las prácticas de nutrición y alimentación que las mujeres traen de sus experiencias pasadas. En este sentido, suelen cuestionar el tipo de alimentos que el Estado y las organizaciones sociales distribuyen entre los comedores comunitarios, pues, en general, abundan los «secos» (fideos, harina, arroz) y escasean los «frescos» (carnes, frutas, verduras, lácteos) (Magliano & Perissinotti, 2021, p. 11). Otros, con la propia organización del comedor: mientras que las migrantes peruanas utilizan mayoritariamente el sistema de viandas, de manera similar a lo que sucede en Perú, las mujeres nativas dan de comer en un espacio reservado para ello. La modalidad de las viandas típica de los comedores localizados en las barriadas limeñas fue muy útil en el contexto de la pandemia, adoptada luego por otros comedores.

Es importante enfatizar que no solo las mujeres, tanto migrantes como nativas, contaban con un conocimiento de larga data como asistentes a los comedores comunitarios, sino también un amplio conjunto de los padres y madres de los niños que se acercaban diariamente a estos espacios. Este hecho revela un dato relevante: la existencia de varias generaciones, incluso en contextos transnacionales, alimentadas en comedores comunitarios. De modo que la primera imagen que devuelve el espejo de los comedores remite a las serias dificultades que las familias de sectores populares encuentran para asegurar su subsistencia y, al mismo tiempo, para generar mecanismos de movilidad social ascendente. Los esfuerzos individuales y colectivos de las personas que viven en los márgenes urbanos para mejorar la vida cotidiana, siendo los comedores comunitarios una muestra de esos esfuerzos, expresan los sentidos de una pobreza duradera y sostenida (Auyero & Servián, 2023) que se reactualiza generacionalmente.

Este proceso puede explicarse, recuperando los planteos de Anderson (2007, p. 233), por las escasas oportunidades que se ofrecen a los jóvenes que provienen de estas zonas urbanas cuando llegan a la vida adulta. En los barrios populares, la mayoría de la población es joven. El informe de Techo indica, en este sentido, que cerca del 60% tiene menos de 24 años (Techo, 2022). Un dato que ilustra las limitaciones que enfrenta este sector de la población para mejorar su situación social es que «en el 78% de los barrios populares las nuevas generaciones tienden a quedarse en el barrio» (Arrastúa, Alonso, & Pérez, 2019, p. 2). A su vez, solo buscan mudarse aquellos jóvenes que acceden a un trabajo formal, lo cual es excepcional entre los habitantes de estos barrios.

Al igual que sus padres y madres, los jóvenes encuentran barreras para construir carreras laborales por fuera del sector informal. La mayoría de mis interlocutoras se habían desempeñado desde siempre en el mundo laboral informal, en especial como trabajadoras domésticas, costureras y en el comercio informal. Los varones tampoco escapaban a este destino, concentrándose en trabajos informales de albañilería, venta ambulante y changas en general. Se trata, a su vez, de recorridos laborales similares a los de sus madres y padres. La precariedad e inestabilidad que distingue a estas ocupaciones restringe las posibilidades para que las nuevas generaciones logren su «independencia». Como señala Anderson sobre la reproducción de la pobreza en las barriadas de Lima, «mudarse estando soltero está fuera de toda discusión, y la vivienda independiente incluso para parejas casadas con varios hijos pequeños es un gran reto» (Anderson, 2007, p. 237). Es más, uno de los resultados de este estudio es que varias generaciones familiares comparten el mismo terreno o, incluso, la misma vivienda. Así pues, la reproducción generacional de los comedores comunitarios, que refiere a un orden de tiempo en función de las edades y de las relaciones sociales de los sujetos (Gavazzo, 2014), va de la mano de las limitaciones de las familias de sectores populares para sostener la vida, en el marco de la persistencia de trayectorias laborales marcadas por la informalidad. Desde esta perspectiva, la posición desigual en los mercados de trabajo, como consecuencia de los renovados mecanismos de segregación laboral, se traduce también en una posición desigual frente al espacio urbano (segregación espacial) que, de manera recurrente, se reproduce generacionalmente. La informalidad de la vida cotidiana en su conjunto, fenómeno expansivo en el marco del capitalismo neoliberal desde la década de 1970 en adelante, explica esta primera imagen que evidencian los comedores comunitarios en el siglo XXI, la cual se relaciona con una desigualdad estructural que afecta los proyectos familiares presentes y futuros de importantes sectores de la población.

Segunda imagen: la problemática alimentaria como signo

Otra de las imágenes que proyectan los comedores comunitarios tiene que ver con el sentido mismo de su existencia: la cuestión del hambre y la emergencia alimentaria. Desde los últimos años, como mencioné anteriormente, en paralelo a la proliferación de los comedores se observa también un incremento en el número de asistentes. En todos los casos analizados, y como efecto de la pandemia de COVID-19, a partir de 2020 aumentó la cantidad de personas que se alimentaban en comedores populares, la cual no solo incluyó a la población infantil, principal destinataria de estos espacios, sino además a personas de distintas edades que vieron suspendida por la crisis sanitaria la posibilidad de generar ingresos. «Al comienzo solo venían niños, pero en los últimos años recibimos a personas mayores, abuelos, a los padres de los niños, viene todo el barrio», sintetizó Graciela, del comedor del barrio Los Artesanos (Córdoba, 6 de noviembre de 2022)8. Sin embargo, estas transformaciones no se vieron acompañadas por un incremento de fondos, tradicionalmente escasos, para el sostenimiento de los comedores ni tampoco de la cantidad de personas abocadas a ese trabajo, lo que tensionó su funcionamiento.

«Hacemos malabares» y «lo que podemos con lo que tenemos» son algunas de las frases que las mujeres referentes de los comedores reiteran en relación con la situación crítica que enfrentan por una demanda que no merma. Tal como señalan Boito, Huergo y Acosta (2023, p. 14), estas mujeres «constituyen el último, pero el “gran” eslabón de las acciones estatales para intervenir sobre la alimentación de las poblaciones: realizan el trabajo de transformación de los alimentos en comida». El Estado descansa entonces en el trabajo de estas mujeres para mitigar sus presencias intermitentes y la falta de capacidad institucional para llegar a los sectores sociales de menores recursos. En sus testimonios, las mujeres que trabajan en los comedores reconocen las crecientes dificultades que afrontan para dar de comer. Entre ellas, la demanda de cada vez más raciones de comida.

Por ejemplo, ¿qué pasa? Que viene ella a buscar su comida, pero a su vez ella tiene hijos, tiene nietos, tiene nueras, tiene hermanas, tiene sobrinas, que no tienen. Entonces vienen y te dicen «¿no tenés otro cupo? Porque tengo mi nietita; ¿no tenés otro cupo? Porque mi hermana no tiene trabajo; ¿no tiene otro cupo?». Y así. Vos pedís para vos y pedís para los tuyos. (Mónica, Cooperativa Familias Unidas, Córdoba, 24 de noviembre de 2021)

Frente a ello, y como el relato de Mónica ilustra, quienes manejan los comedores optaron por ampliar al máximo posible el cupo de asistentes, modificando el ya menguado menú que se preparaba. La misma Mónica señala que «nosotras antes, en el 2010, hacíamos 15 o 20 kg de arroz. Ahora, para que rinda bien, tenemos que hacer, fácil, 30 kg» (Mónica, Cooperativa Familias Unidas, Córdoba, 24 de noviembre de 2021). El mayor problema que tienen los comedores es la falta de alimentos, lo que impide la preparación de un menú diverso y regular. Estela, referente del comedor de Ampliación Nuestro Hogar III, lo sintetizó con claridad: «¿qué cocinamos?, lo que llega…» (Estela, comedor de Ampliación Nuestro Hogar III, Córdoba, 16 de marzo de 2022). Y lo que llega no alcanza, en el marco de una ecuación compleja: aportes estatales adelgazados que «bajan» con las distintas políticas sociales vigentes y aumento del número de personas que requieren asistencia alimentaria. El Estado, en esta ecuación, gestiona la precariedad a través de los espacios comunitarios y de las mujeres que lo realizan. Ante esta realidad, y siempre con la opción de que los comedores sean espacios que contengan a la mayor cantidad de personas posible, las mujeres debieron resignar ciertos productos.

E: Y ¿qué es lo que más resignaron? Lo que tuvieron que dejar de comer porque no les alcanzaba el dinero.

M: Bueno, milanesas de carne. Qué sé yo. Ravioles también. (Mónica, Cooperativa Familias Unidas, Córdoba, 24 de noviembre de 2021)

Nos encantaría un día hacerles algo… Una milanesa, no saben lo que es una milanesa. Pero si yo tengo que hacer una milanesa, nos fundimos. Una milanesa con puré. No lo saben. La única vez que comen, de pollo, pata y muslo, es a fin de año, que hacemos la última cena. (Gloria, comedor de barrio Las Violetas, Córdoba, 8 de marzo de 2022)

Les encanta [a los niños y niñas que asisten] que les hagamos las milanesas, pero es de vez en cuando porque es mucho gasto la carne. (Corina, comedor de barrio Residencial San Roque, Córdoba, 9 de marzo de 2022)

Las constantes limitaciones del menú recrudecieron a partir de la pandemia y no se recompusieron. La alusión reiterada a las milanesas de carne no es casual, es una de las comidas más celebradas en Argentina por los niños y niñas. Algo semejante repusieron en la investigación realizada por Auyero y Servián en la zona del Área Metropolitana de Buenos Aires. Allí, Chela –encargada de uno de los comedores– «confesó entusiasmada que su ilusión era hacer milanesas con un buen puré» (Auyero & Servián, 2023, p. 15). En un escenario de fuertes restricciones, las mujeres se las ingenian para cumplir con la desafiante tarea de dar de comer a cada vez más personas con recursos escasos. Aun cuando todas ellas añoran elaborar un menú diferente, en el día a día despliegan formas creativas para «hacer rendir» lo poco que tienen.

E: Y, habitualmente, ¿qué cosas hacen?

G: Guisos. Muchos guisos. Trabajamos mucho con alita, carne molida una vez al año. Pero acá se te cocina mucho guiso, estofado, es lo que más rinde [...] Yo compro alitas, les separo lunes, martes, miércoles, los días que comen… Porque realmente comen alitas, todos los días comen alitas estos chicos. (Gloria, comedor de barrio Las Violetas, Córdoba, 8 de marzo de 2022)

Para que rindan los alimentos con los que cocinan, se sacrifican las frutas, las verduras, las carnes, los lácteos, que son al mismo tiempo los productos más costosos. En el armado del menú, las mujeres son conscientes de las limitaciones que la falta de ciertos alimentos genera, sobre todo en la población infantil. Tal como lo planteaba Elisa, referente de una copa de leche del barrio Villa El Libertador:

¿Cuál es el problema de los chicos con la falta de fruta y verdura? No es ahora, ahora se la bancan. El tema es cuando tengan 14, 15 años, que ya los huesos, los tendones, las cuestiones de la cabeza, todas esas cuestiones que uno va formando, ¿no es cierto? Y que los nutrientes van haciendo lo suyo en nuestro organismo. Pero imagínate, en cantidades de harina, arroz que se está comiendo en este momento. Pan, harina, pan y harina, ese es otro problema también. (Elisa, comedor de barrio Villa El Libertador, Córdoba, 25 de marzo de 2022)

Es bajo este contexto de carencias que en los espacios comunitarios «se inventa la comida» (Estela, comedor de Ampliación Nuestro Hogar III, Córdoba, 16 de marzo de 2022). Así pues, la forma en que se elabora y decide el menú expresa, como sugieren Auyero y Servián (2023), la dimensión material de la miseria y, a la vez, las esperanzas de los más desposeídos, condensado en aquello que desean cocinar (y no siempre pueden por falta de recursos).

Las deficiencias alimentarias de los sectores populares en Argentina –en tanto componentes de la dimensión material de la miseria– registraron un aumento del 44% durante el período 2010-2022, siendo el mayor deterioro durante los últimos cinco años de ese período (Tuñón, 2023, p. 14). Se trata, entonces, de un proceso de largo alcance que el contexto de la pandemia agudizó. En este escenario, las ayudas alimentarias directas en comedores escolares, comunitarios y copas de leche han incrementado su cobertura de modo progresivo y, a partir de 2020, sumaron una ayuda indirecta, como es la Tarjeta Alimentar9, alcanzando al 59,3% de la población de niños, niñas y adolescentes en 2022 (Tuñón, 2023, p. 38). Sin embargo, esto no es suficiente: la imagen que proyecta el espejo no es solo la de varias generaciones alimentadas en comedores comunitarios, sino también con déficit de alimentación. El agravamiento de los problemas de seguridad alimentaria en los últimos años es una de las consecuencias palpables de la expansión de la pobreza y la exclusión social en la Argentina contemporánea. Se trata de una realidad que condiciona un presente marcado por la desigualdad y la injusticia, pero que incide también, y de manera directa, en el futuro de estas poblaciones, cuyas oportunidades se acotan día a día, generación tras generación.

Pese a todo, el compromiso asumido por los comedores comunitarios como último recurso para la alimentación de los sectores empobrecidos revela, además, otro elemento que es necesario reponer: la capacidad de organización y gestión de quienes sostienen día a día estos espacios. Sobre esta imagen me detendré en el próximo apartado.

Tercera imagen: estrategias de organización colectiva en los márgenes urbanos

Nada de lo que sucede en los comedores comunitarios existiría sin la capacidad de organización y gestión de las mujeres de sectores populares. Como vengo señalando, estas mujeres no solo son las responsables de obtener y preparar la comida, sino que además son quienes garantizan el vínculo entre el Estado y las personas que demandan atención alimentaria. Según cifras del entonces Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, para 2023 se calculaba que había unas 70 000 mujeres trabajando como cocineras en los comedores comunitarios (Klipphan, 2023). La gran mayoría de estas mujeres recibía un subsidio del Estado, el Potenciar Trabajo10, que equivale a la mitad del Salario Mínimo, Vital y Móvil11. Dentro del universo de ese programa, los comedores representan el 62,7% (Klipphan, 2023) y cerca del 63% de las personas beneficiarias son mujeres. Esto se relaciona, como proponen Micha y Pereyra (2022, p. 22), con la herencia de las políticas sociales previas, en especial aquellas que se gestaron luego de la crisis de 200112, y con los efectos de la crisis económica producto de la pandemia que impactaron en mayor medida sobre las mujeres. Ahora bien, lo que me interesa remarcar en este artículo es que, pese a la profundización de la crisis en los últimos años, las mujeres que conocí a lo largo de la investigación tenían experiencia de larga data en el mundo de los comedores, ya sea como asistentes, ya sea como responsables de su funcionamiento. Y este aspecto –la larga data– se relaciona con un elemento clave que procuro visibilizar aquí y tiene que ver con condiciones de pobreza urbana sostenida que, tal como sugiere Anderson (2007), se transmite de padres y madres a hijos/as. La reproducción intergeneracional de los comedores comunitarios es una emergente de esa transmisión, lo mismo que las prácticas y estrategias de organización y gestión de estos espacios.

En ese ciclo intergeneracional, la imagen que devuelve el espejo es la de mujeres con capacidad de organización y acción colectiva en escenarios de fuertes constreñimientos sociales y económicos. Esa capacidad se expresa, recuperando la categoría propuesta por Auyero y Servián (2023), en un repertorio de «prácticas de persistencia» que incluye a los comedores comunitarios, pero los desborda, involucrando al espacio barrial en su conjunto, siempre con miras a lograr, para ellas y sus familias, condiciones de vida más dignas.

Además del trabajo que desarrollan en los comedores, estas mujeres son las encargadas principales de la organización del cuidado familiar en sus propios hogares. Es más, miembros de sus familias se encuentran activamente involucrados en los comedores, como parte de esa continuidad generacional que registré en los apartados anteriores. En el caso de Graciela, por ejemplo, su hija mayor, Silvina, era quien se ocupaba del cuidado de los hermanos menores (y de sus propios hijos) mientras ella estaba abocada a las tareas del comedor. Con el paso del tiempo, Silvina comenzó a participar como colaboradora en ese espacio, en especial en la elaboración de la comida. Otro dato por tener en cuenta es que los familiares de las mujeres que trabajan en los comedores se alimentan también en esos espacios, los cuales funcionan para ellas como una extensión del espacio doméstico.

En muchos casos, como en el barrio Cooperativa Familias Unidas, las mujeres que se reunieron en el comedor se conocían previamente de participar en otros espacios que crecieron amparados por la implementación de programas sociales estatales, ya sean nacionales o provinciales. «Nosotras empezamos trabajando con los jefes y jefas, hace millones de años [...] ¿Qué teníamos? Un ropero, tuvimos una guardería (Mónica, Cooperativa Familias Unidas, Córdoba, 24 de noviembre de 2021)13. Es decir que tanto las propias experiencias familiares vinculadas a los comedores como la existencia de espacios comunitarios previos funcionan como «escuela» sobre la que se montan las prácticas organizativas de estas mujeres. Estas capacidades que moldean su accionar disputan la escasa valorización de las competencias, saberes y habilidades asociadas a las mujeres en diversos ámbitos (Zibecchi, 2014, p. 136). En ese recorrido, no solo aprendieron a llevarse bien entre ellas, sino también a relacionarse con las organizaciones sociales con presencia en los territorios y con las diferentes agencias estatales14.

Se trata de un vínculo que no está exento de tensiones y contradicciones, pues las mujeres aprenden a demandar a aquellos actores con llegada a los barrios donde están localizados los comedores. Así, pues, Estela, del comedor de Ampliación Nuestro Hogar III, no dudó en cuestionar a los agentes estatales que se acercaban al barrio prometiendo ayuda en momentos electorales: «¿Y ustedes vienen para las fotos? ¿Para las elecciones? ¿Para eso nada más han venido?», se quejaba. Sin embargo, consciente de la necesidad de ayuda para el sostenimiento de los espacios comunitarios del barrio, reflexionó en la entrevista:

Nosotros no tenemos acá ninguna banderita, pero nosotros cuando tenemos que sacar, sacamos todas las banderas para la foto. Pero sabemos con quién sacamos fotos. (Estela, comedor de Ampliación Nuestro Hogar III, Córdoba, 16 de marzo de 2022)

Las banderas que menciona Estela se «sacan» para distintas situaciones: desde solicitar alimentos o artefactos para cocinar hasta para cuestiones relacionadas con la infraestructura barrial indispensables para mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Cuando se hizo el trabajo del agua [...] con Silvia hicimos unas notas y presentamos y salimos en los medios y todo. Y logramos conseguir el agua, bueno, lo hicimos entre las vecinas. (Ernesta, comedor de Villa Angelelli, Córdoba, 16 de mayo de 2022)

El testimonio de Ernesta pone de manifiesto que el aprendizaje vinculado a la subsistencia misma de los espacios comunitarios no se agota solo en aquellas instancias de negociación con el Estado, sino que incluye a los medios de comunicación, a las redes sociales. Por ejemplo, y con el objetivo de generar más recursos para los comedores, las mujeres incorporaron el manejo de Facebook y, en menor medida, de Instagram para mostrar lo que hacen y proponer distintas actividades (sorteos, donaciones) para recaudar fondos. Tal como señalaba Gloria, del comedor de barrio Las Violetas:

Tenemos donantes a través de nuestra página de Facebook [...] Hacemos transmisión en vivo. O sea, la gente ve cómo vos nos mandaste ropa, nosotros ponemos y el niño está con la ropa, ven cuando toman la leche acá, cuando comen acá. (Gloria, comedor de barrio Las Violetas, Córdoba, 8 de marzo de 2022)

Como en el caso de Gloria y el comedor en el que participa, las mujeres ejercitan una enorme muestra de creatividad y plasticidad, en el marco de las distintas «prácticas de persistencia» (Auyero & Servián, 2023) que despliegan en un contexto vital marcado por privaciones propias, familiares y barriales. La creatividad y plasticidad puestas al servicio de la subsistencia, a partir de la cual las mujeres sostienen los comedores –llegando incluso a «inventar» la comida, como señaló Estela del barrio Ampliación Nuestro Hogar III–, se apoya en una idea de «lucha» diaria y constante, de ahí su persistencia. «Somos todas mujeres que luchamos día a día para que llegue a cada casa un plato de comida, para la merienda de los niños, bien sea una caja de leche, lo que se consiga», señaló Rita del comedor barrio Marqués Anexo (Córdoba, 2 de junio de 2022). Y agregó: «vos no sabés lo que es preparar las ollas, es una emoción y una alegría ver la gente pasar, le servís y les das los tápers y se van chochos, es algo muy gratificante para uno» (Rita, comedor barrio Marqués Anexo, Córdoba, 2 de junio de 2022). Si bien es necesario desromantizar las implicancias que supone la vida en los márgenes, el trabajo en los comedores promueve, para quienes lo realizan, formas de respetabilidad en contextos de relegación y precariedad. Retomando la premisa propuesta por Bourgois en su análisis de los portorriqueños que venden crack en el Harlem, la respetabilidad se nutre de «la búsqueda de sentido de dignidad y realización personal», la cual puede ser «igual de importante que el sustento físico» (Bourgois, 2010, p. 339).

De modo que esas «prácticas de persistencia» –que anudan no solo la capacidad de acción política de los sectores populares, sino también las constantes dificultades diarias que enfrentan para (sobre)vivir– son una expresión de formas concretas de «hacer» ancladas a territorios urbanos marcados por la desposesión (Magliano & Perissinotti, 2021). Así pues, las mujeres de los comedores comunitarios funcionan como nexo entre el barrio –y sus habitantes– y el Estado. Desde ese lugar, se configuran en referentes de los lugares que habitan, se vinculan y negocian con distintos actores sociales y políticos, asumen responsabilidades de gestión comunitaria, y construyen redes de contención y ayuda orientadas a sectores sociales vulnerabilizados.

Conclusiones

Este artículo se propuso analizar aquello que explica la expansión y consolidación de los comedores comunitarios en la Argentina contemporánea. Para ello, se enmarcó la discusión en un contexto más amplio que permita reflexionar sobre la reproducción de desigualdades sociales en contextos urbanos y las crecientes dificultades que han encontrado las familias de sectores populares para generar mecanismos de progreso y movilidad social. El foco puesto en estos espacios y en su funcionamiento revela las consecuencias de un modelo socioeconómico –vigente desde el último cuarto del siglo pasado en adelante– que limita el acceso al trabajo formal a grandes sectores de la población, a la vivienda, a la salud y a la educación, impactando fuertemente en su calidad de vida.

En este marco, y a partir de la metáfora del espejo, se reconstruyeron tres imágenes relacionadas con el aumento sostenido de los comedores comunitarios. La primera imagen se detuvo en la expansión de estos espacios a lo largo y ancho del país, en el incremento en la cantidad de personas, de todas las edades, que asisten a los comedores, especialmente potenciado durante la pandemia de COVID-19, y en las continuidades generacionales que nutren esa expansión. La imagen que devuelve el espejo muestra que varias generaciones en el interior de una misma familia han crecido al amparo de los comedores comunitarios localizados en los barrios populares. Este dato se relaciona con la segunda imagen que proyectan, la cual tiene que ver con la recurrente problemática alimentaria que afecta a amplios sectores de la población. El hecho de que varias generaciones dentro de una familia hayan resuelto parte de sus necesidades alimentarias en comedores comunitarios revela otro fenómeno relacionado con la pobreza y la exclusión social: la existencia de una deficiente alimentación intergeneracional. No es casualidad que entre las referentes sea frecuente la queja y la preocupación por la insuficiencia de productos con los que cuentan para preparar un menú nutritivo y por las limitaciones para cubrir una demanda que no para de crecer. Es esta segunda imagen, asociada a la problemática alimentaria, la que tensiona el funcionamiento de los comedores comunitarios y la que obliga a las mujeres a desplegar distintas estrategias para conseguir y generar recursos. Entre ellas, la vinculación con distintos actores sociales y políticos con llegada a los territorios que habitan y la incorporación de las redes sociales para alcanzar visibilidad y extender las opciones para conseguir recursos. Precisamente, la tercera imagen que los comedores comunitarios permiten visibilizar es la enorme capacidad de organización y negociación que ponen en juego estas mujeres en sus prácticas cotidianas. Así, combinan un saber hacer procesual, construido a lo largo del tiempo con respuestas coyunturales frente a los problemas, dificultades y desafíos que la vida cotidiana en los márgenes urbanos les impone.

Este conjunto de imágenes pretende dar cuenta de algunas de las conexiones que existen en la Argentina contemporánea entre el aumento sostenido de la pobreza, el crecimiento de los barrios populares y la expansión de los comedores comunitarios. La persistente demanda de personas para ser alimentadas en estos espacios y el lugar cada vez más protagónico que tienen las mujeres que se dedican a esta tarea en las políticas sociales implementadas por el Estado en los últimos años destacan los efectos de un modelo socioeconómico que no resuelve la fragmentación social, sino que la consolida.

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1 Se trata de cifras que no dejaron de empeorar a nivel nacional. De acuerdo con mediciones realizadas por el Observatorio de la Deuda Social Argentina, para el primer trimestre de 2024 el indicador de pobreza habría alcanzado al 55,5% del total de la población (Observatorio de la Deuda Social Argentina, 2024). En el caso de Córdoba, un informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa) con base en la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) indicó que, en el primer trimestre de 2024, la pobreza alcanzó el 50,5% en el área metropolitana de Córdoba y superó la marca de la pandemia (Perfil Redacción Córdoba, 2024).

2 En Córdoba, por ejemplo, datos relevados en 2021 indican que el 11% de las mujeres encargadas de los comedores comunitarios eran migrantes de origen latinoamericano (Tomatis, 2022).

3 El proyecto mencionado se titula «Migraciones, género y trabajo. Estrategias y prácticas de sostenibilidad de la vida de la población migrante en Argentina», financiado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

4 Se trata del Proyecto Unidad Ejecutora (P-UE) «Población sociosegregada, calidad de vida y espacio urbano en Córdoba», dirigido por la Dra. Vanina Papalini.

5 De las 10 entrevistas, ocho fueron grupales (de dos a seis personas) y dos, individuales. En las grupales participó el conjunto de personas que diariamente se ocupa del comedor, mientras que, en las individuales, solo la persona referente del espacio. Los nombres de las personas mencionadas en este artículo son ficticios para preservar su anonimato.

6 El ReNaBaP fue creado mediante Decreto N.º 358/17 para recabar información sobre los barrios populares existentes al 31/12/2016. Este organismo considera que un barrio es «popular» si cumple con tres condiciones: (1) posee un déficit en al menos dos servicios básicos (red de agua corriente, red de energía eléctrica con medidor domiciliario y/o red cloacal); (2) más de la mitad de los habitantes no cuentan con un título de propiedad del terreno; (3) lo conforman un mínimo de ocho familias agrupadas o contiguas.

7 Las copas de leche se ocupan principalmente de preparar desayunos y meriendas.

8 Por ejemplo, el comedor del barrio Cooperativa Familias Unidas pasó de 400 a 500 personas a finales de 2020. Algo similar sucedió en el comedor del barrio Ampliación Nuestro Hogar III, que pasó de 60 a más de 100 personas, y lo mismo en el comedor de Villa Angelelli II, que duplicó el número de asistentes llegando a los 200.

9 La Tarjeta Alimentar en una prestación que otorga el Estado desde 2020 a través del Ministerio de Desarrollo Social (desde diciembre de 2023, se denomina Ministerio de Capital Humano), que apunta a facilitar el acceso a la canasta básica alimentaria (permite comprar todo tipo de alimentos con excepción de bebidas alcohólicas). Está dirigido a madres o padres con hijos e hijas de hasta 14 años de edad (inclusive) que reciben la Asignación Universal por Hijo (AUH); a mujeres embarazadas a partir de los tres meses de gestación que actualmente perciben la asignación por embarazo; a personas con discapacidad que perciben la AUH; y a madres con siete o más hijos que perciben pensiones no contributivas. Para más información, véase: https://www.argentina.gob.ar/desarrollosocial/prestacion-alimentar

10 En 2020, el Gobierno de Alberto Fernández (2019-2023) implementó el Programa Nacional de Inclusión Socioproductiva y Desarrollo Local «Potenciar Trabajo». Se trata de un programa que depende del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación y cuyo objetivo es «contribuir a mejorar el empleo y generar nuevas propuestas productivas a través del desarrollo de proyectos socio-productivos, socio-comunitarios, socio-laborales y la terminalidad educativa». (Véase: https://www.argentina.gob.ar/desarrollosocial/potenciartrabajo).

11 El Salario Mínimo, Vital y Móvil es la menor remuneración que debe percibir un trabajador en su jornada legal de trabajo.

12 En referencia a la crisis social y económica resultado de los efectos de la implementación de políticas de ajuste estructural desde comienzos de la década de 1990 en Argentina. Para profundizar sobre esto, véanse: Basualdo y Arceo (2006), Gago (2014), Pucciarelli (2011), Rojas Villagra (2015), entre muchos otros.

13 El Plan Jefes y Jefas de Hogar fue un programa adoptado en 2002 por el entonces Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, cuyo objetivo era brindar un beneficio económico a los jefes y jefas de hogar desempleados con hijos menores, a través de una contraprestación en una actividad comunitaria.

14 Para profundizar en esta dimensión en el contexto de la ciudad de Córdoba, véanse Magliano y Arrieta (2021) y Perissinotti (2022).