Jorg Nowak
Universidade de Brasília, Brasil
Marco A. Santana
Universidade Federal de Rio de Janeiro, Brasil
El escenario político de América Latina en la segunda década del siglo XXI está impregnado por un movimiento paradójico y contradictorio de ascenso de líderes de extrema derecha y tecnócratas neoliberales (Macri, Milei, Bolsonaro, Añez, Boluarte, Noboa) y una segunda ola de líderes progresistas (Lula, Petro, López Obrador, Boric, Acre, Castillo). Mientras que los presidentes de derecha están mucho más influenciados por o desde la extrema derecha que en épocas anteriores, los líderes de izquierda son mucho más moderados que antes, pero con excepciones importantes como Petro y López Obrador. Esta constelación demuestra hasta qué punto el estado de ánimo político se desplazó hacia la derecha.
No obstante, en este período se produjeron importantes movilizaciones de trabajadores y movimientos sociales, y en este número especial nos preguntamos de manera particular hasta qué punto las movilizaciones de los trabajadores se vieron influidas por las movilizaciones de otros movimientos sociales o influyeron en ellas. Con ello, intentamos romper la arraigada separación entre los estudios sobre movimientos sociales y los estudios laborales, tratando de recordar que el movimiento obrero también es un movimiento social, y quizá incluso uno de los que dio nombre a los movimientos sociales en el siglo XIX.
Si bien el período que se observa principalmente en nuestro número especial ha sido testigo de importantes movilizaciones de trabajadores con un enorme potencial, algunos de esos movimientos tuvieron un éxito más bien efímero. No obstante, estas movilizaciones podrían proporcionar una base importante en nuevos conflictos políticos en el futuro.
Existe un largo debate sobre si los Gobiernos de derecha facilitan las protestas a través de una mayor polarización, mientras que, al mismo tiempo, utilizan más represión y suelen implantar medidas de austeridad que afectan muy seriamente a la clase trabajadora. Por otro lado, se considera que los Gobiernos de izquierda cooptan a los líderes de movimientos anteriores y pacifican las relaciones sociales (Druck, 2006), mientras que, al mismo tiempo, más bien redistribuyen los recursos y los ingresos y proporcionan narrativas que empoderan a los actores populares (Spronk & Webber, 2015; Ellner, 2020; Sirohi & Bhupatiraju, 2021). Los ejemplos de nuestro número especial sobre Gobiernos de izquierda muestran ambas variantes, a menudo en el mismo caso: la movilización de los trabajadores en la región de Matamoros en México, en el artículo escrito por Cirila Quintero, fue motivada por un aumento del salario mínimo del Gobierno federal y una nueva ley sobre los sindicatos, pero fueron entonces las especificidades del registro sindical en los tribunales locales las que resultaron ser uno de los obstáculos para un éxito más sostenido del movimiento, aparte de la afiliación de un líder sindical cuestionable al partido gubernamental Morena. Por lo tanto, en este caso, el Gobierno de AMLO facilitó el surgimiento y el éxito temprano del movimiento, pero también estableció límites rígidos para su consolidación en una perspectiva de mediano y largo plazo.
En el caso de Argentina, el Gobierno peronista de principios de la década de 1970 intentó en vano institucionalizar los movimientos populares y, al no poder contenerlos, el golpe militar de 1976 encontró la forma de romper el ímpetu revolucionario con una represión generalizada. En este caso, la posición intermedia del Gobierno peronista entre el reformismo y las reivindicaciones revolucionarias de los movimientos lo condenó al fracaso. Guevara analiza la dictadura argentina como parte de una ola autoritaria de la segunda mitad de la década de 1970 que gestionó la transición del fordismo al neoliberalismo, por ejemplo, en paralelo con el período de emergencia en la India, de 1975 a 1977. El artículo de Adrián Piva adelanta el tiempo a las décadas de 2000 y 2010 y muestra cómo el período de 2006 a 2012 combinó alta movilización y aumentos salariales con un Gobierno de centroizquierda, mientras que, a partir de 2012, la alta movilización de la clase trabajadora fue acompañada de estancamiento. Las protestas de 2017 y 2018 contra el Gobierno neoliberal de derecha de Macri marcaron entonces la transición a un período de baja movilización y rápida caída de los salarios, confirmando la tesis de la polarización en el caso de los tecnócratas neoliberales, pero también mostrando cómo durante el Gobierno de izquierda moderada de Fernández la frustración se había acumulado, allanando el camino para la victoria electoral de Milei.
Es con este recuento que entramos a la condición decisiva y determinante de la década de 2020: el bajo crecimiento de la década de 2010 se agravó aún más en la década de 2020 con la pandemia de COVID-19 y el corto boom subsiguiente –y si bien esto afectó a toda América Latina, Argentina fue golpeada aún peor–. Es en estas condiciones que los Gobiernos de izquierda moderada que intentan suavizar el golpe, pero no instalan ningún cambio estructural, allanarán el camino para los Gobiernos sucesores neoliberales y/o neofascistas.
En el artículo de Omar Manky sobre los levantamientos agrarios de finales de 2020, la eficacia de los bloqueos de carreteras por parte de los trabajadores agrícolas fue –de alguna manera similar a las movilizaciones de los trabajadores fabriles en México– acompañada por las dificultades de los mismos actores para consolidar sus formas de movilización popular. Aunque los trabajadores agrícolas se movilizaron contra un Gobierno de derecha, es significativo que la victoria electoral de Pedro Castillo en julio de 2021 se basara en gran medida en el apoyo en las zonas rurales.
Manky llama la atención sobre las características de esta importante movilización de masas, que fue efímera y no logró producir efectos más duraderos en términos organizativos, ni consiguió reformas laborales. Sin embargo, pensando en algunos de sus efectos, Manky señala el hecho de que los trabajadores no fueron partícipes pasivos de los procesos, sino que demostraron su empoderamiento a través de las protestas, mostrando las formas en que pueden actuar, resistiendo en medio de las crisis políticas que históricamente marcan a América Latina. Esto indica que podemos estar asistiendo al inicio de un ciclo de nuevas movilizaciones. La experiencia analizada también nos ayuda a pensar en formas alternativas de organización y representación de los trabajadores adaptadas a estos sistemas de trabajo llamados atípicos. También nos ayuda a analizar, incluso en la experiencia de otros países de la región, cómo las demandas y movilizaciones de los trabajadores pueden incidir en las políticas agroexportadoras y, a partir de ahí, pensar en políticas públicas.
El artículo de Guevara analiza el proceso de movilización de la clase obrera y la represión política que sufrió en Argentina entre las décadas de 1970 y 1980. El análisis articula este proceso con los cambios experimentados por el proceso de acumulación global, que también produjo cambios en la división internacional del trabajo, en la crisis experimentada en los 10 años transcurridos entre 1972 y 1982. Desde esta perspectiva, el advenimiento de la dictadura militar en Argentina debe entenderse a la luz de la contracción del proceso de acumulación y de sus repercusiones políticas. La dictadura y su represión terrorista provocaron una fuerte caída de los salarios y un aumento del grado de explotación de la fuerza de trabajo.
Guevara argumenta que, una vez superada esta etapa, que se traduce en un duro impacto sobre las organizaciones sindicales y políticas más clasistas que han quedado en ruinas –ahora con muchas dificultades para resistir–, el capital puede avanzar sobre el valor de la fuerza de trabajo bajo formas democráticas muy alejadas de la brutalidad dictatorial anterior. En este contexto, se abren posibilidades reivindicativas, de emergencia de experiencias sindicales que promueven importantes movilizaciones y cuestionan los formatos tradicionales de organización y orientación sindical. Sin embargo, se plantea la cuestión del alcance de estas intervenciones que, aunque importantes en determinadas circunstancias, no habrían podido cambiar, a largo plazo, la tendencia a la explotación y precarización del trabajo al ritmo e intensidad del mercado de trabajo.
El artículo de Igor Peres, centrado en el caso reciente de Argentina, trata de arrojar luz sobre la relación entre la crisis de la globalización, el fin de un ciclo político y los nuevos activismos. Peres señala cómo los impactos de la internacionalización de la crisis capitalista sepultaron las posibilidades del Gobierno de 2012-2015 de Cristina Kirchner de implementar un nuevo modelo de desarrollo, y allanaron el camino para que la alianza de centroderecha se alzara con la victoria en ese país en la elección de Mauricio Macri (2016-2019).
Peres muestra que, incluso en este contexto adverso, han surgido nuevos activismos. El artículo analiza este proceso a través de la experiencia del movimiento Ni Una Menos. Según Peres, uno de los aspectos más destacados de este movimiento es su incorporación del repertorio huelguístico. Para ello, se demarcan elementos innovadores en la apropiación de este instrumento de clase en la lucha. A lo largo del período 2015-2018, este movimiento habría mostrado una gran versatilidad a la hora de incorporar reivindicaciones y dinámicas de acción colectiva. Un movimiento que apareció en la escena pública como un acto político con características artístico-performativas, con el tiempo incorporó la huelga como instrumento y se acercó a sectores populares que hasta entonces no habían participado de ella. Con ello, el movimiento impone nuevos significados a esta práctica tradicional de los movimientos obreros.
El conjunto de los artículos aporta elementos importantes y necesarios para reflexionar sobre una serie de cuestiones relacionadas con el tema de este dossier. El análisis de los movimientos de trabajadores, ya sean urbanos o rurales, a lo largo de un dilatado período histórico, nos ayuda a reflexionar sobre las claras relaciones entre lo local y lo global, tanto en términos estructurales –debido a la posición de los países en la división internacional del trabajo– como en términos más coyunturales –debido al impacto de las crisis globales del sistema capitalista en los países periféricos.
Además, los artículos arrojan luz sobre la relación entre la dinámica de la acción colectiva y los sistemas políticos, en términos de acción bajo democracias y dictaduras. O incluso la acción de los movimientos obreros en contextos de Gobiernos más progresistas y en los de carácter autoritario. Por último, pero no menos importante, los artículos son de gran ayuda para comprender los procesos de incorporación, apropiación y resignificación de las prácticas tradicionales por parte de los nuevos activismos, huyendo de una visión más rupturista de las épocas y las prácticas. Esto nos permite ver más claramente los hilos de continuidad entre repertorios, siempre marcados por innovaciones tácticas.
La capacidad de los movimientos obreros para recrearse e innovar, adaptándose a los contextos en los que pretenden actuar, es muy evidente. Esto no quiere decir que estos movimientos consigan victorias constantes y duraderas o que tengan un gran impacto. No nos parece correcto juzgar a los movimientos sociales por los resultados que obtienen. Pero, en cualquier caso, en contra de las expectativas de aquellos a los que se enfrentan, nunca dejan de resistir y luchar por sus agendas y reivindicaciones. Esto está, o debería estar, en el centro de cualquier definición de una sociedad que pretenda ser democrática, y es algo de lo que no podemos prescindir.
Lo que podemos observar en los cuatro contextos nacionales aquí tratados, Perú, Argentina México y Brasil, es que partes del movimiento obrero están pasando por un proceso de desinstitucionalización y retorno a formas de movilización y organización más cercanas a lo que se asociaba con los movimientos sociales en la literatura norteamericana y europea de las décadas de 1980 y 1990.
Los trabajadores agrícolas del Perú, por ejemplo, apenas contaban con representación sindical, y fue en este vacío donde el movimiento de finales de 2020 pudo desarrollar nuevas formas de acción y liderazgo. Las formas de organización más efímeras podrían presentar los embriones de una futura ola de reinstitucionalización sobre nuevas bases.
Los movimientos de los trabajadores del automóvil en México demuestran que, a pesar de una integración en sindicatos establecidos, los trabajadores pueden lanzar movilizaciones potentes y eficaces que recuperan tácticas de movimiento social, incluso si la cuestión de la eficacia de las nuevas organizaciones sigue abierta por ahora. El movimiento también ha provocado cambios importantes dentro de los antiguos sindicatos establecidos, que se vieron obligados a responder a las movilizaciones a su manera para seguir siendo atractivos para los trabajadores que podrían marcharse a organizaciones alternativas.
En Argentina, el paso de las protestas en el lugar de trabajo a las protestas en la calle marcó, por un lado, el inicio de un período de desmovilización, pero, por otro, facilitó nuevas alianzas en las que el movimiento feminista contra la violencia hacia las mujeres creó vínculos con organizaciones sindicales disidentes de izquierda, y creó un cruce de tradiciones feministas y obreras en forma de huelga de mujeres. El ejemplo muestra cómo un período de desmovilización y crisis en el movimiento obrero al mismo tiempo puede crear oportunidades para una apertura en el terreno político, permitiendo conectar agendas que han sido tratadas de forma separada durante mucho tiempo.
En Brasil, los movimientos de camioneros y repartidores están marcados por categorías de trabajadores caracterizadas por la precariedad laboral, la fragmentación, la dispersión territorial y la permeabilidad a la ideología empresarial. Ambos se enfrentan a divisiones políticas internas, con diversas asociaciones y colectivos de trabajadores independientes que se organizan más allá de los sindicatos formales y aportan algunas innovaciones tácticas importantes.
Un aspecto interesante es que varios colaboradores del número especial utilizan la teoría de los movimientos sociales como referencia teórica, y casi no entran en las teorías aportadas por la teoría de las relaciones industriales o los estudios laborales. De este modo, los estudios sobre movimientos sociales se han convertido en un punto de referencia universal dentro del cual se abordan los movimientos laborales. Pero una especificidad importante del estudio de los movimientos obreros es la atención hacia los modelos globales de acumulación, como destacan Guevara y Piva.
Las débiles democracias de América Latina que siguieron a los períodos de intervención autoritaria ofrecieron pocas oportunidades para cambios profundos, dada la continua concentración de capital y el incuestionable control del sistema económico y político por parte de las élites. El actual período de imperialismo radicalizado, marcado por las guerras comerciales, el ascenso de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos, las guerras calientes en Ucrania y Palestina, las bajas tasas de crecimiento y el consiguiente dominio económico de China, dejan poco espacio para una industrialización independiente y una expansión de la democracia (Katz, 2022; Martins, 2019). Un dato interesante para pensar los ciclos políticos y económicos que ha atravesado nuestra región es verificar si, incluso con la llegada de nuevos Gobiernos progresistas, dadas las condiciones globales y locales, estos tendrán, como en otros momentos, espacio para desarrollar políticas sociales y garantizar el mantenimiento de la vida democrática; así como, en caso afirmativo, cuál será este espacio. O si también terminarán siendo meros hilos conductores de políticas sociales y económicas regresivas.
En este sentido, será importante seguir los próximos pasos de estos procesos en nuestra región, tanto en lo que se refiere al avance de la acumulación de capital y la explotación del trabajo, como a las formas autoritarias de gobierno que les corresponden, y la dinámica de organización y acción colectiva de las fuerzas sociales del trabajo. Estas últimas son las que pueden contrarrestar el desarrollo de las primeras.
Referencias
Álvarez, J. E. (Coord). (2024). Gobiernos progresistas en América Latina – Análisis de experiencias recientes – México – Bolivia – Brasil – Argentina – Colombia – Chile. Bogotá: Espacio Crítico Ediciones / Gentes del Común.
Druck, M. d. G. (2006). Os sindicatos, os movimentos sociais e o governo Lula: cooptação e resistência. Revista OSAL, VII(19) (enero-abril).
Ellner, S. (Coord.). (2020). Latin America’s Pink Tide. Breakthroughs and shortcomings. Lanham: Rowman and Littlefield.
Katz, C. (2022). Dependency theory after 50 years: The continuing relevance of Latin American thought. Leiden: Brill.
Martins, C. E. (2019). Dependency, neoliberalism and globalization in Latin America. Leiden: Brill.
Sirohi, R. A., & Bhupatiraju, S. (2021). Reassessing the Pink Tide. Lessons from Brazil and Venezuela. Singapur: Springer Nature.
Spronk, S. J., & Webber, J. R. (Coords.). (2015). Crisis and contradiction. Marxist perspectives on Latin America in the global political economy. Leiden: Brill.