Apuntes 100, 261-279
ISSN: 0252-1865
eISSN: 2223-1757
doi: 10.21678/apuntes.100.2954
© Creative Commons Attribution 3.0
Apuntes. Revista de Ciencias Sociales, está marcando un hito más en su trayectoria editorial: 100 números. Llegar a un centenar de ediciones no es solo motivo de celebración para sus fundadores y de agradecimiento al equipo editorial, los autores, los evaluadores y los lectores; es también una invitación a detenernos para hacer preguntas sobre el porvenir de las ciencias sociales y reconocer el camino que han recorrido los investigadores que se han preocupado por entender el devenir de América Latina y el Caribe.
Como parte de nuestra celebración, en esta edición inauguramos la sección “Tinta y Cátedra”, que abre un espacio para conocer, reconocer y celebrar los aportes de los investigadores en ciencias sociales y economía de nuestra región. Esta iniciativa busca, por un lado, registrar la vida y obra de quienes han guiado la investigación en las diversas disciplinas y líneas temáticas que promueve Apuntes y, por otro, fomentar la apertura de viejas y nuevas preguntas de investigación. Esta sección será el espacio donde se presentarán entrevistas a protagonistas de las ciencias sociales y la economía.
Su versión de lanzamiento consiste en la respuesta a tres preguntas sobre la interacción de las ciencias sociales con nuestra realidad social, la era de la información y la conceptualización tradicional, que enviamos a profesores de la Universidad del Pacífico, espacio académico donde nació Apuntes en 1973. A través de un correo electrónico personalizado dirigido a más de 15 profesores que han sido directores, miembros del comité editorial, autores o autoridades, los invitamos a celebrar la edición número 100 respondiendo a una de estas tres preguntas en un texto de no más de 650 palabras:
¿Qué aspectos de la realidad social contemporánea creemos entender, pero en realidad aún requieren mayor exploración?
En esta era de la información, ¿cuáles son los retos de traducir lo social a datos?
¿De qué manera los conceptos clásicos de las ciencias sociales siguen, o no, permitiendo indagar y entender el presente?
¡Por más ediciones de Apuntes! Muchas gracias por ser parte de nuestra comunidad académica.
En primer lugar, nos falta explorar mejor nuestra propia realidad. El papel de los intelectuales, de los académicos, investigadores y docentes en nuestra sociedad y el impacto que tenemos o, al contrario, nuestras limitaciones y falta de impacto. Hay muy poca reflexión, investigación y autocrítica sobre nosotros mismos. Algo similar ocurre con los profesionales de la autode-nominada «sociedad civil», de las ONG o centros de investigación-acción, que se dedican con mucha pasión a analizar a otros sectores y problemas de la sociedad, pero no a analizar su propio rol en ella.
En segundo lugar, nuestro Estado, en todas sus dimensiones, requiere mayor análisis y comprensión. Muchos estudios sociales y políticos en el Perú terminan con el Estado, describiendo en términos generales sus deficiencias o echándole la culpa –cual actor unitario– de todos nuestros males. A veces, llegamos a decir lo que «hay que hacer», con una elegante lista de reformas. Pero, generalmente, nos quedamos en la descripción y, como máximo, el diagnóstico, mas no exploramos realmente el cómo se podrían cambiar las cosas o el por qué no cambian.
Hay muchos aspectos de la realidad social que entendemos a ese nivel, del diagnóstico, de identificar cuáles son los problemas. Nuestro orgullo es ser defensores del «pensamiento crítico», haciendo una detallada descripción de los hechos, coronada con una crítica, y quizás una propuesta-receta. Sin embargo, somos limitados cuando se trata de entender por qué estos pro-blemas persisten. Quizás es producto de las escuelas dominantes de ciencias sociales en el país, o también de la poca experiencia que la mayoría de los académicos tienen con la gestión pública y privada, con tener que tomar decisiones y lidiar con diversos poderes de resistencia.
A modo de ejemplo, está nuestro sistema educativo. Todos reconocemos que la calidad de la educación en el Perú es deficiente para la mayoría de los jóvenes peruanos, y las ciencias sociales producen bastantes estudios con excelentes indicadores sobre eso. También abundan las propuestas de
reforma del tipo «hay que…». Sin embargo, año tras año, estas reformas no se hacen o simplemente no cambian la situación. ¿Por qué? Nos hace falta explorar mejor por qué las cosas no cambian y dónde está el poder más oculto y complejo que impide implementar las recetas que producimos. Esto incluye un análisis explícito del rol de las élites que han abandonado el sistema o que se dedican a criticar sin ser participantes de ello.
Algo similar ocurre con la corrupción, bien documentada, identificada y, en algunos casos, sancionada. Sabemos que nuestro sistema político está plagado de corrupción, que el Estado se perjudica con tanta corrupción de sus servidores públicos, que las reformas se truncan en parte por eso. Desde el funcionario municipal y el policía de tránsito, hasta los jueces y, por supuesto, varios presidentes. Y todos queremos políticos y funciona-rios honestos. Pero exploramos muy poco estos hilos de poder y prácticas normalizadas que persisten en el día a día. En particular, son muy pocas las buenas etnografías del poder.
Hay fenómenos sociales que creemos entender porque los observamos repetidamente o porque se ha desarrollado una suerte de «sentido común» académico a su alrededor. Esta familiaridad, sin embargo, puede ocultar importantes preguntas sin responder. Dos casos ilustran particularmente bien este punto: el comportamiento electoral peruano y la economía política de la informalidad.
Sobre el comportamiento electoral en el Perú, desde hace ya muchos años, se ha consolidado la idea de que este es imprevisible y volátil hasta el extremo. Cada elección sería una lotería. Este «sentido común» tiene sustento, por supuesto. En el Perú, no existen lealtades políticas ni electorales sólidas, y los partidos que en un ciclo resultan centrales pueden pasar a la insignificancia en el siguiente. Pese a ello, pensar en el voto como impredecible, aunque captura algo real, oculta tanto como revela. La verdad es que existen patrones reconocibles de votación, territoriales y socioeconómicos, que se manifiestan elección tras elección, pese a los cambios en la oferta política. Sabemos que el sur peruano suele votar de forma diferente a la costa, por ejemplo, buscando una ruptura del statu quo institucional. Pero tenemos poca investigación todavía sobre los mecanismos por los cuales estos patrones se forman, se con-solidan y se reproducen en el tiempo. ¿Cómo se transmiten las orientaciones políticas en contextos en los que los partidos tradicionales han colapsado?
¿Cómo se logra cierta estabilidad en el tiempo, pese a cambios dramáticos en la oferta partidaria? Estas preguntas permanecen sin respuestas satisfactorias, escondidas detrás de la simplificación de la «volatilidad».
La informalidad, por su parte, es un tema estudiado desde hace déca-das, con contribuciones seminales hechas por autores como Matos Mar o Hernando de Soto. La informalidad aparece, en algunos casos, como el resultado de una institucionalidad tradicionalmente excluyente con ciertos grupos sociales. En otros casos, aparece como el resultado de un cálculo de individuos para quienes la formalidad es muy costosa. Sin embargo, seguimos sabiendo sorprendentemente poco sobre los mecanismos políticos que perpetúan su reproducción institucional en distintos ámbitos, desde el mercado laboral hasta el transporte público. Sabemos poco sobre la economía política de la informalidad. ¿Qué actores se benefician de mantener ciertos espacios en la informalidad? ¿Qué coaliciones políticas sostienen este estado de cosas, y qué mecanismos utilizan para ello? Los últimos cinco años de la política peruana han dejado claro que esta es una agenda de creciente importancia hacia el futuro.
Esto conecta bien con el desafío metodológico que se abre con la era del
«big data». Si bien la inteligencia artificial nos ha permitido grandes avances y ha abierto nuevas avenidas de investigación, gracias a su capacidad para procesar grandes volúmenes de datos disponibles en línea, muchos aspectos de los fenómenos sociales más importantes no pueden estudiarse de esta manera. La informalidad, por ejemplo, en tanto opera «fuera del radar», deja pocas huellas digitales en muchas de sus dimensiones. Trabajos recientes desde la sociología y la ciencia política en este terreno muestran que son indispensables el trabajo de campo, la observación directa y realizar entre-vistas en profundidad, muchas veces en condiciones difíciles e incómodas. Los avances tecnológicos pueden facilitar algunos aspectos de esta labor, pero el núcleo de la investigación continúa siendo, fundamentalmente, humano y cara a cara.
Finalmente, para avanzar en la comprensión de estos fenómenos, los conceptos clásicos de las ciencias sociales siguen siendo valiosos, pero con una condición: deben integrarse dentro de una perspectiva comparada internacional. Ni la volatilidad electoral ni la informalidad son fenómenos exclusivamente peruanos, aunque tienen aspectos que llevan consigo la marca nacional. Observar al Perú en perspectiva comparada es crucial para separar lo general (aquello en lo que el Perú se parece a otros países en condiciones similares) de lo peculiar y específico de nuestro país.
La revolución de las tecnologías de la información, aún en pleno desarrollo, está transformando radicalmente todas las esferas de interacción humana, tanto a nivel individual como social. Estamos viviendo estos procesos en
tiempo real, casi como en un «reality show»: disfrutamos muchos de sus efectos positivos inmediatos, pero también empezamos a experimentar consecuencias negativas, cuyos impactos a largo plazo todavía no logramos comprender plenamente.
Este fenómeno no afecta únicamente a las generaciones jóvenes o a los llamados «nativos digitales». Todas las personas, en mayor o menor medida, estamos siendo transformadas por la tecnología de la información.
Las ganancias en producción, productividad, bienestar y calidad de vida generadas por la revolución digital son enormes y todavía no se reflejan adecuadamente en las estadísticas económicas. Tener a nuestro alcance, de manera instantánea y casi gratuita, el conocimiento acumulado de la humanidad, constituye un verdadero «cambio de época». No obstante, como recordamos de nuestro primer curso de Economía, el producto bruto interno solo registra transacciones realizadas a precios de mercado, dejando fuera muchas de estas mejoras en bienestar.
Cada uno tendrá su servicio de streaming favorito. En mi caso, como melómano, se trata de Spotify, por la amplitud y calidad de su oferta de música y podcasts, actualizada diariamente. Spotify –y sus competidores en este dinámico mercado global– no dejan de sorprenderme con recomen-daciones «aleatorias inteligentes» que revelan joyas musicales de todos los géneros, épocas e idiomas, dentro de catálogos que superan los 100 millones de canciones. Algo similar ocurre con los podcasts, que se han convertido en una nueva manera de consumir noticias, análisis económicos y políticos, lite-ratura, conferencias y una variedad creciente de contenidos. Incluso las horas perdidas en el tráfico se vuelven más llevaderas al escuchar estas producciones. Esta capacidad de reproducción instantánea en plataformas y redes socia-
les como Instagram, YouTube, TikTok o X (antes Twitter) ha contribuido a consolidar en todos nosotros –y especialmente en los más jóvenes– una
«cultura de la inmediatez»: la búsqueda constante de gratificación instantánea en múltiples aspectos de la vida.
Considero que existen numerosas consecuencias problemáticas de esta cultura que seguramente serán objeto de estudio profundo por las ciencias sociales en un futuro cercano. Las nuevas generaciones (y nosotros mismos) parecen volverse más impacientes, sostener la atención y la concentración durante menos tiempo, leer menos, cambiar de empleo con mayor frecuen-cia, establecer relaciones sociales y sentimentales más breves, reflexionar menos sobre diversos temas –incluida la política, lo que acentúa la polari-zación– y enfrentar mayores desafíos en la convivencia familiar.
Asimismo, la hiperconectividad parece estar generando mayores niveles de ansiedad, y afectando la salud mental. El exceso de estímulos, la sobre-
carga de información, las constantes distracciones, la menor tolerancia a la frustración y la aceleración general de la vida dificultan la conexión emocional. La presión por estar disponibles todo el tiempo produce una sensación de alerta permanente y alimenta el fenómeno del FOMO («fear of missing out»), es decir, el agotador temor a perderse algo.
En resumen, a estas cohortes más jóvenes de nativos digitales se les ha denominado, metafóricamente, «generación de cristal», aludiendo a una mayor fragilidad emocional y menor resiliencia. Sin embargo, desde una perspectiva más constructiva, se trata también de generaciones con alta empatía y sensibilidad hacia causas sociales, como la diversidad y la protec-ción del medio ambiente.
En definitiva, habrá mucha «tela por cortar» para las disciplinas que estudian el comportamiento humano, las interacciones sociales, las culturas y las estructuras que organizan nuestras sociedades.
La construcción de nuestra subjetividad en los tiempos actuales se ha conver-tido en un asunto cada vez más complejo de discernir. Los científicos sociales creemos saber lo que pasa cuando vemos un dato o una estadística, pero caemos en una ilusión de objetividad porque los sesgos ideológicos y lo que no puede ser categorizado se hacen invisibles. Muy poco sabemos del significado de las operaciones métricas sobre nuestras vidas, porque usualmente pensamos que son neutrales. Las redes sociales no nos roban nuestros datos íntimos, sino más bien los secuestran/expropian y nos los devuelven como una interpretación de nuestro «yo» que ha sido codificada por algún algoritmo. En este sentido, la IA simula responder nuestras preguntas más personales, pero no es capaz de interpretar nuestros silencios, o los sufrimientos ajenos, ni de compartir o comunicar el sentido de la vida. Las evidencias fácticas ya no significan para todos lo mismo; tampoco se trata solo de verificar la información que recibimos (fake news). Como se dice con frecuencia, corremos el riesgo de confundir el mapa con el territorio. El uso de la tecnología transforma nuestra experiencia de la realidad en direcciones cuyas consecuencias individuales y colectivas – ansiedades y depresiones, entre otras patologías modernas– requieren de un mayor análisis sociológico.
Estoy persuadido de que las ciencias sociales latinoamericanas tienden a estar un tanto enfocadas en miradas disciplinares que hacen difícil manejar con solvencia algunos problemas complejos y aprender de lo que han desarrollado disciplinas que no sentimos como cercanas.
En particular, me preocupa ver una ciencia social que tiene dificultades para entender a los seres humanos como una especie. Las miradas centra-das en procesos sociales, institucionales, económicos, culturales, etc., no logran incluir de modo claro lo que hemos aprendido en los últimos 50 años –escojo esta fecha solamente para poner como referencia la publicación de Sociobiology de Wilson (1975/2000)1– en diversos terrenos, en especial la psicología evolutiva, donde trabajos de síntesis como los de Tomasello (20142, 20163, 20194) no solo deberían ser textos básicos en la formación de científicos sociales, sino que aluden a ideas, hallazgos y respuestas a debates que nos parecen ajenos. Del mismo modo, desarrollos más recientes, como los vinculados a la embodied cognition (Borghi & Cimatti, 20105; Gallese & Lakoff, 20056; Gallese & Morelli, 20247) y la relación entre el lenguaje y el pensamiento abstracto (Barca et al., 20198; Borghi, 20229, 202310; Dove, 202011, 202212), no parecen haber sido internalizados por nuestras reflexiones.
Lo anterior me preocupa, en particular, por lo que esto representa para abordar un elemento fundante de la reflexión sobre lo social: cómo entendemos al ser humano, en qué consiste la naturaleza humana. Dado
Wilson, E. (2000[1975]). Sociobiology: The new synthesis, twenty-fifth anniversary edition (2.ª ed.). Belknap Press: An Imprint of Harvard University Press.
Tomasello, M. (2014). A natural history of human thinking (Kindle). Harvard University Press.
Tomasello, M. (2016). A natural history of human morality. Harvard University Press.
Tomasello, M. (2019). Becoming human. A theory of ontogeny (Kindle). The Belknap Press of Harvard University Press.
Tomasello, M. (2016). A natural history of human morality. Harvard University Press.
Tomasello, M. (2019). Becoming human. A theory of ontogeny (Kindle). The Belknap Press of Harvard University Press.
Borghi, A. M., & Cimatti, F. (2010). Embodied cognition and beyond: Acting and sens-ing the body. Neuropsychologia, 48(3), 763-773. https://doi.org/10.1016/j.neuropsychologia. 2009.10.029
Gallese, V., & Lakoff, G. (2005). The brain’s concepts: The role of the sensory-motor sys-tem in conceptual knowledge. Cognitive Neuropsychology, 22(3-4), 455-479. https://doi. org/10.1080/02643290442000310
Gallese, V., & Morelli, U. (2024). Cosa significa essere umani? Corpo, cervello e relazione per vivere nel presente. Raffaello Cortina.
Barca, L., Binkofski, F., Castelfranchi, C., Pezzulo, G., Tummolini, L., & Borghi, A. M. (2019). Words as social tools: Language, sociality and inner grounding in abstract concepts. Physics of Life Reviews, 29, 120-153. https://doi.org/10.1016/j.plrev.2018.12.001
Borghi, A. M. (2022). Concepts for which we need others more: The case of abstract concepts. Current Directions in Psychological Science, 31(3), 238-246. https://doi. org/10.1177/09637214221079625
Borghi, A. M. (2023). The freedom of words: Abstractness and the power of language. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/9781108913294
Dove, G. (2020). More than a scaffold: Language is a neuroenhancement. Cognitive Neuropsychol-ogy, 37(5-6), 288-311. https://doi.org/10.1080/02643294.2019.1637338
Dove, G. (2022). Abstract concepts and the embodied mind: Rethinking grounded cognition. Oxford University Press.
el carácter fundante de este problema, la elaboración teórica que subyace a la investigación termina siendo presa de imágenes –como las que Hobbes (1651)13 o Rousseau (1762/2014)14 tenían de los seres humanos–, que se han tornado lugares comunes que no nos ayudan a lidiar con la compleji-dad de los asuntos sociales desde perspectivas más informadas por el saber generado desde diversas disciplinas.
La reflexión sobre la naturaleza del ser humano y de la acción individual y colectiva no es un tema menor para cualquier ciencia social, pero va más allá de estas. Un terreno en el que se hace igualmente evidente y problemático es la reflexión sobre el comportamiento moral y el juicio ético. En demasiadas ocasiones, el debate sobre estos temas omite, por ejemplo, el conocimiento generado desde la psicología del desarrollo y la psicología evolutiva.
Finalmente, no es viable entender las transformaciones contemporáneas asociadas a las maneras como opera el mundo digital sin integrar miradas diversas que incluyen lo específicamente técnico sobre el mundo digital – entender, por ejemplo, la naturaleza de los modelos de inteligencia artificial generativa como loros estocásticos, al decir de Bender et al. (2021)15–, así como la dinámica económica subyacente (Zuboff, 2020)16, los efectos sobre la conciencia y las capacidades cognitivas (Carr, 201117; Fini et al., 202518; Kosmyna et al., 202519), sobre el mundo emocional (Haidt, 202420; Turkle, 201121), su presentación como espacios de juego y de sencillez (Baricco, 201822), y la profunda diferencia asociada a operar con imágenes y con el lenguaje simbólico (Sartori, 1997/201123). Nótese, además, que este listado
Hobbes, T. (1651). Leviathan (Kindle). Andrew Crooke.
Rousseau, J.-J. (2014[1762]). Du contrat social ou Principes du droit politique. l’Université du Québec à Chicoutimi.
Bender, E. M., Gebru, T., McMillan-Major, A., & Shmitchell, S. (2021). On the dan-gers of stochastic parrots: Can language models be too big? 🦜. En Proceedings of the 2021
ACM Conference on Fairness, Accountability, and Transparency (pp. 610-623). https://doi. org/10.1145/3442188.3445922
Zuboff, S. (2020). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power (Kindle). PublicAffairs.
Carr, N. G. (2011). The shallows: What the Internet is doing to our brains. W. W. Norton.
Fini, C., Era, V., Koike, T., Aglioti, S. M., Borghi, A. M., & Bolis, D. (2025). The techno-social turn: How digital technologies reshape minds, bodies, and relationships. Behaviour & Information Technology, 44(14), 3385-3389. https://doi.org/10.1080/0144929X.2025.2546980
Kosmyna, N., Hauptmann, E., Yuan, Y. T., Situ, J., Liao, X.-H., Beresnitzky, A. V., Braunstein, I., & Maes, P. (2025). Your brain on ChatGPT: Accumulation of cognitive debt when using an AI assistant for essay writing task. https://arxiv.org/pdf/2506.08872v1
Haidt, J. (2024). The anxious generation: How the great rewiring of childhood is causing an epidemic of mental illness. Penguin Press.
Turkle, S. (2011). Alone together: Why we expect more from technology and less from each other
(Kindle). Basic Books.
Baricco, A. (2018). The game. Giulio Einaudi.
Sartori, G. (2011[1997]). Homo videns (13.ª ed.). Editori Laterza.
es muy limitado y solo sirve para hacer evidente la necesidad de conjugar diversas miradas.
Así, la limitada interacción interdisciplinaria es un problema mayor, que solo he querido ilustrar con los puntos previos, pero que se manifiesta con relación a multitud de ámbitos.
A ello se suma la tendencia generalizada a la investigación mono-gráfica, que, siendo extremadamente valiosa, no se traduce en producir imágenes integradoras de la complejidad social. Así, por ejemplo, en el mundo de la reflexión sobre la economía peruana, escasean explicaciones acerca de por qué, a lo largo de las últimas cinco décadas, un aspecto estructural de la economía se ha mantenido prácticamente inalterado a pesar de las variaciones en políticas y «modelos» económicos: tres de cada cuatro peruanos reproducen su vida material a partir de empleos precarios. Uno podría pensar que en los años en los que se debatía sobre el dualismo estructural en América Latina (Lewis, 195424; Pinto, 196525) y, seguramente, cuestionar esas ideas, pero había un intento por cons-truir modelos explicativos que abordasen problemas mayúsculos, como los entonces debatidos, y que no dejan de tener cierto parentesco con la situación actual: la precariedad rural tornada en precariedad urbana tras los procesos masivos de urbanización.
Las miradas globales que reposan en teorías de alcance amplio permiten que la investigación monográfica tenga un marco de referencia que le dé coherencia y que coadyuve a que sume a debates y reflexiones que van más allá de círculos estrechos de especialistas: no solo los de mi disciplina, sino, entre ellos, los que abordan los mismos temas que aborda uno.
Así, sugiero que no entendemos mucho por qué limitamos nuestra capa-cidad de entender a aspectos demasiado puntuales: mucha profundidad en aspectos específicos y poco alcance temático. Para salir de ello, necesitamos reflexiones más amplias, que son, por su propia naturaleza, interdisciplina-rias, y nos fuerzan a no cerrar demasiado el espacio de nuestros intereses y, con ello, fortalecer nuestra capacidad para reevaluar o reconstruir conceptos, teorías y visiones que, finalmente, alimenten de mejor manera nuestras tareas más puntuales o temáticamente enfocadas, al tiempo de incrementar nuestra capacidad para abordar los problemas más profundos y complejos de la sociedad contemporánea.
Lewis, W. A. (1954). Economic development with unlimited supplies of labour. The Manchester School, 22(2), 139-191. https://doi.org/10.1111/j.1467-9957.1954.tb00021.x
Pinto, A. (1965). Concentración del progreso técnico y de sus frutos en el desarrollo latinoame-ricano. El Trimestre Económico, XXXII(125), 3-69. https://www.jstor.org/stable/45406437
En esta época de tecnología masiva y acceso casi ilimitado a la informa-ción, uno de los grandes desafíos para las ciencias sociales y las políticas públicas es poder traducir los fenómenos sociales –que suelen ser muy complejos– en datos útiles para analizarlos y tomar decisiones. Hoy tene-mos más información que nunca, pero medir lo social se ha vuelto más difícil: aparecen restricciones metodológicas y dilemas éticos que hacen complicado representar la realidad tal como es. Aquí comento algunos retos clave.
El primero tiene que ver con lo multidimensional que es lo social. Temas como bienestar, pobreza, desigualdad, salud, educación o brechas de género involucran muchas variables e interacciones. Sin embargo, los sistemas estadísticos suelen resumir todo en un solo número: una tasa, un índice o un promedio. Esto ayuda a simplificar el análisis, pero también deja fuera muchos matices y aspectos cualitativos que influyen en el bienestar de las personas.
El segundo reto aparece cuando decidimos qué medir y cómo medirlo. No es trivial escoger las variables, los métodos o la frecuencia de medición. Durante muchos años, asuntos como el trabajo no remunerado de las mujeres, la violencia de género o la calidad de los servicios públicos en zonas rurales ni siquiera aparecían en las estadísticas. Esto muestra que la medición también depende de prioridades institucionales, sesgos culturales y un entendimiento limitado de la complejidad social.
El tercer desafío está en las brechas institucionales para producir datos. En muchos países, los presupuestos son insuficientes, falta personal capacitado y los sistemas de información de distintos sectores no conversan entre sí. Esto lleva a bases de datos incompletas o poco comparables, lo que afecta la calidad del análisis y, por supuesto, la pertinencia de las políticas públicas basadas en esa información.
El cuarto reto es el de los sesgos presentes en todo el proceso de manejo de los datos: desde la recolección hasta la interpretación. Es común encontrar sesgos de género, territorio o nivel socioeconómico, así como problemas derivados del propio diseño de las encuestas o registros. Un ejemplo clásico es la subrepresentación de hogares rurales o de altos ingresos en las encuestas, o cuando los registros de salud dependen de que las personas accedan a un tipo de establecimiento específico. Entender que los datos no son siempre neutrales es clave para corregir estas distorsiones.
El quinto desafío surge porque los datos crecen a un ritmo más rápido que nuestra capacidad para analizarlos. La digitalización ha multiplicado las fuentes de información, pero no siempre contamos con buenos marcos conceptuales, equipos especializados ni reglas claras para transformar esos datos en evidencia realmente útil. Muchas veces, se prioriza tener una tabla o gráfico atractivos, en lugar de entender lo que ellos realmente dicen sobre la realidad.
Finalmente, todo esto viene acompañado de retos éticos cada vez más importantes. El uso de datos georreferenciados, algoritmos para focalizar intervenciones o bases integradas de salud y educación puede mejorar mucho las políticas públicas, pero también generan riesgos de privacidad y uso indebido de datos. Por eso, traducir lo social a datos requiere marcos sólidos de control y ética.
En resumen, el problema no es la falta de información, sino cómo lograr que los datos representen bien la complejidad social. Medir debe ayudarnos a comprender, no a simplificar demasiado. El desafío es técnico, pero también político, institucional y ético.
La «dataficación» oceánica de la actual vida social –la big data– conduce al reduccionismo analítico. Un dato es, por definición, una pieza de informa-ción, un trozo desgajado de la realidad, una evidencia aislada de su contexto. Toda la riqueza y complejidad de la experiencia humana –el carisma de un líder, la confianza en los otros, el prestigio de una institución, las tonalida-des del pensamiento, la diversidad de sentimientos, el sentido de la vida–quedan comprimidas en categorías binarias, en información numérica, en datos discretos rotos en su dinámica interactiva, reconstruidos como una secuencia lineal –o multicausal, en el mejor de los casos– con el fin de que puedan ser procesados. No se trata de un asunto meramente técnico. En esas
«traducciones» de lo social a datos mediados por la tecnología, al privilegiar el cuánto en vez del por qué y el cómo, siempre se pierde algo esencial de nuestra humanidad en el proceso, se achatan las interpretaciones, se dis-torsionan los significados, se pierden los horizontes de comprensión más amplios. En este sentido, somos objetos (pasivos/activos) de una violencia simbólica que se despliega –a veces inadvertidamente– frente a nuestra mirada. Cuando el algoritmo prevalece, lo que se gana en claridad se logra sacrificando la profundidad del análisis. Termina imponiéndose la ley de Goodhart, según la cual «cuando una medida se convierte en un objetivo, deja de ser una buena medida».
Toda traducción implica necesariamente tanto una interpretación como la consecuente pérdida y adición de la información y, así como los personajes de Bill Murray y Scarlett Johansson en Lost in Translation (2013), el contexto y la subjetividad de nuestras historias personales entrelazan un nivel mayor de complejidad a cualquier fenómeno humano que se pretenda analizar. Los procesos sociales, en ese sentido, son esencialmente humanos y están cargados de dichos contextos y subjetividad, por lo cual presentan un desafío importante al momento de ser analizados desde la mirada aséptica de la ciencia de datos.
Desde hace unos años, con la inundación de las tecnologías y los sistemas de información y, últimamente, de la inteligencia artificial y los algoritmos
«a la carta» de machine learning, lo que tradicionalmente eran métodos para analizar procesos físicos, ingenieriles o hasta financieros, han empezado a encontrar en los procesos sociales un campo fértil de exploración y fecun-dación. Si bien la mirada inicial se decantaba por aplicarlos a cuestiones puramente estadísticas, como datos poblacionales, económicos, preferencias de consumo, entre otros, la capacidad actual de procesamiento ha permitido que otros campos menos «cuantitativos» empiecen a ser curioseados. Si bien toda exploración académica es positiva en sí misma, hay ciertos vicios que se perfilan en esta mirada a lo social con los que tenemos que tener cuidado. Son cuestiones epistemológicas, que en las ciencias naturales no se aplican de la misma forma y, por lo mismo, pueden pasarse fácilmente por alto, en especial entre los profesionales de dichas disciplinas.
Las ciencias naturales y la ingeniería han construido sus marcos concep-tuales y teóricos a partir del reduccionismo, al menos hasta finales del siglo
XX. Desde un enfoque reduccionista, el sistema analizado puede aislarse de su entorno y colocarse dentro de un «plano cartesiano», ausente de todo contexto. Así, para estudiar el movimiento de una partícula, reducimos todas sus interacciones a las de un «campo» –gravitacional, electromagnético, o de cualquier otro tipo– y nos enfocamos solo en ella. Lo mismo ocurre en la ingeniería, donde los aparatos funcionan como muebles de IKEA: cada parte es independiente y funciona por separado, y el trabajo final consiste en ensamblarlo todo para que funcione de acuerdo con cómo lo probaron sus diseñadores.
Sin embargo, los procesos sociales son intrínsecamente sistémicos, es decir, no tienen ningún sentido bajo un enfoque reduccionista. De hecho, el reduccionismo suele describir procesos que difieren, hasta el absurdo, de lo que ocurre en la realidad, como es el caso del Homo economicus. Así, el estudio de un proceso social no solo evita el reduccionismo, sino que
abraza la mirada holística y se explaya en lo descriptivo, rescatando parti-cularidades, entrelazando contextos e incorporando de manera natural a los observadores dentro del estudio, como una parte inseparable de ellos.
¿Cómo se conecta esto con la ciencia de datos? Pues es algo sencillo: la analítica parte de la idea de que tenemos una metadata uniforme y bien curada. Esa metadata consiste justamente en la selección de aquellos campos cuyos datos han sido recogidos, su significado, unidades, rangos y método de registro. En las ciencias naturales y la ingeniería, esa metadata puede ser fácil de identificar, pues su misma concepción reduccionista nos permite «dividir» el proceso en variables independientes que pueden ser registradas por separado, o en conjunto, pero sin necesariamente mediar sus relaciones. Eso no se puede hacer, en muchos casos, con un fenómeno social, sin que la cantidad de campos aumente exponencialmente. El fenómeno se debe simplificar.
Así, para volver el proceso manejable, habrá que seleccionar solo algunos datos, y esa selección es una traducción, pues implica convertir un proceso complejo en un conjunto reducido de variables. Necesariamente habrá un sesgo de interpretación que no podrá capturarse en la metadata y requerirá de la aproximación tradicional de las ciencias sociales para poder recogerse. El reto está, justamente, en encontrar ese equilibrio, donde cada disciplina aporte desde lo suyo y a lo suyo.
En la tradición hayekiana, los mercados no son tanto un mecanismo de asignación como un mecanismo de comunicación. Los precios transmiten información dispersa que nadie podría centralizar por completo; el orden económico es, en gran medida, un «orden espontáneo». El dinero es la pieza central de ese sistema: hace comparables decisiones heterogéneas y, al mismo tiempo, funciona como un certificado de confiabilidad mínima entre desconocidos. Como sugieren Kiyotaki y Moore en «Evil is the Root of All Money», el dinero existe porque no podemos confiar plenamente en todos, ni escribir contratos completos con cada persona.
Goodhart añade un matiz clave: si el dinero y el crédito descansan en la confianza, alguien debe producir información sobre quién es confiable. Las grandes empresas pueden pagar el costo fijo de enviar señales públicas –estados financieros auditados, gobierno corporativo, conferencias con inversionistas–; las familias y pequeñas empresas no. Los bancos surgen, en parte, para llenar ese vacío: especializarse en recolectar, procesar y monitorear información privada de sus clientes. Su «negocio» no es solo mover dinero, sino transformar información opaca en decisiones de crédito.
En el mundo analógico, esta arquitectura informacional era relativa-mente clara. Los billetes no revelan nada de quien los usa; una transferencia bancaria dice algo más: deja un rastro que los bancos utilizan para perfilar riesgos, ofrecer productos y gestionar su balance. El dinero físico pertenece, evidentemente, al dominio público (billetes del banco central); la informa-ción generada por las transacciones bancarias pertenece, de facto, al ámbito privado de las entidades financieras.
La revolución de las billeteras digitales reconfigura este mapa. En pocos años, aplicaciones como Yape y Plin, en el Perú, se han vuelto la interfaz cotidiana de millones de usuarios para pagos pequeños y transferencias entre personas. Cada microtransacción que pasa por estas plataformas produce un registro detallado: ritmo de ingresos, patrones de consumo, redes de contacto económico. Las billeteras se convierten en aliados naturales de los bancos porque generan un flujo continuo de datos valiosos para evaluar riesgos de crédito. Pero, al mismo tiempo, empiezan a difuminar las fronteras entre
«dinero bancario» y «dinero de plataforma»: quién detenta el saldo, quién posee la relación con el cliente, quién observa la huella digital que deja el uso del dinero.
El piloto reciente de dinero digital del Banco Central de Reserva del Perú (CBDC minorista) introduce un actor adicional. El banco central emite un pasivo digital dirigido a población poco bancarizada, que se distribuye a tra-vés de una billetera móvil operada por una empresa privada. El diseño prevé que el BCRP reciba solo información agregada y anonimizada, mientras que el proveedor conserva los datos individualizados. Se protege la privacidad y se evita que el banco central se convierta en un «Big Brother» financiero, pero se mantiene la lógica en la que el activo informacional principal queda en manos de intermediarios privados.
Aquí aparece la pregunta de fondo para las ciencias sociales: si el banco central decide basar su política –monetaria, de pagos, de inclusión finan-ciera– en información granular de transacciones, ¿está generando un bien público o compitiendo con la función esencial de los bancos como reco-lectores de información? Desde una perspectiva, abrir el acceso regulado y estandarizado a los datos de pagos (portabilidad y propiedad de los datos en manos del usuario) podría reducir asimetrías, disciplinar el poder de mer-cado de grandes bancos y plataformas, y mejorar la respuesta de la política monetaria ante shocks. Sería la extensión, al mundo de los datos, de la idea clásica de infraestructura de pagos como bien público.
Desde otra perspectiva, sin embargo, una autoridad monetaria que concentra y procesa información detallada de hogares y empresas corre el riesgo de invadir el espacio de descubrimiento descentralizado que Hayek
valoraba. Si la ventaja competitiva de los bancos reside en su capacidad para producir información y asumir riesgos con base en ella, un banco central que se apoya en grandes bases de datos transaccionales o que condiciona direc-tamente la asignación de crédito usando esa información puede terminar diluyendo los incentivos privados a invertir en conocimiento local. Y, en el límite, acercarse a una forma de planificación financiera de alto contenido político y bajo contenido espontáneo.
En este cruce de caminos, los conceptos clásicos de dinero, bien público y poder de mercado siguen siendo indispensables, pero deben ampliarse para incorporar explícitamente la dimensión informacional. El dinero ya no es solo un medio de intercambio: es un flujo continuo de datos sobre cómo vivimos. La cuestión no es únicamente quién emite el dinero, sino quién observa, monetiza y gobierna la información que genera su uso. Responder si la intervención del banco central en ese terreno produce un bien público o desplaza la función informacional de los bancos es, probablemente, una de las nuevas fronteras analíticas de las ciencias sociales en el siglo XXI.
Un problema de los conceptos «clásicos» –«clásico» en su acepción de aquello que perdura sin variación– en ciencias sociales y en otras disciplinas radica en que usualmente no contemplan la interdisciplinariedad, práctica académica cada vez más necesaria para indagar sobre determinados fenómenos sociales, más aún los actuales. Para ilustrar esta premisa, en este texto se comenta el caso de dos fenómenos sociales altamente comentados: el consumo y su práctica desaforada, el consumismo.
Alrededor de estos existe un robusto corpus, que implica trabajos de renombrados sociólogos, economistas e historiadores, como Thorstein Veblen, Jean Baudrillard, Zygmunt Bauman, Neil McKendrick, Frank Trentmann, etc. La existencia de esta vasta –y, en algunos casos, «clásica»–bibliografía no significa, sin embargo, que no haya espacio para enriquecer el estudio con el diálogo –en su sentido más elemental, de conocimiento (logos) compartido– con otras disciplinas. Concretamente, la literatura ofrece también la posibilidad de estudiar el consumo y el consumismo desde una perspectiva que permite ver de manera detallada cómo estos inciden en la sociedad y en la vida de las personas, desde el punto de vista
de su identidad, sus interacciones, etc. De este modo, complementa la explicación sociológica, histórica y económica que brindan las ciencias sociales.
Es importante precisar que las obras literarias son una re-creación de la realidad bajo determinadas estructuras, cuyo principal insumo es la realidad que las rodea. Por eso, la literatura es siempre un reflejo de su tiempo: las ideologías (de toda índole) y las prácticas sociales de una época están con-densadas en ella. Así, los personajes de una obra construyen su identidad e interactúan sobre la base de un contexto social determinado, que el autor retrata consciente o inconscientemente. De este modo, en una narración, el lector no solo lee el desarrollo de un argumento, sino que también es testigo de la idiosincrasia de una época y de sus transformaciones, y de cómo estas impactan en las personas.
Un buen ejemplo de cómo funciona todo esto es la novela Las bata-llas en el desierto (1981), de José Emilio Pacheco. En ella, el narrador en primera persona rememora su infancia en la Ciudad de México, durante los años 40, cuando los productos importados empiezan a inundar el mercado local y su consumo se convierte en una práctica que brinda prestigio social. De este modo, las marcas importadas –Ace, Coca-Cola, Kraft, General Electric, etc.–, dada su relevancia social, se configuran como elementos que le sirven al personaje para (re)construir su memoria y, por consiguiente, su identidad. De este modo, el lector no solo se entera de las peripecias infantiles del narrador, sino también de los cambios sociales de la época, que incidieron en la vida de los seres ficticios y, ciertamente, de los reales.
La literatura es también el espacio de los disidentes, es decir, aquellos sujetos que buscan escapar del modelo de vida que la sociedad les impone; en este caso específico, el que determina la sociedad de consumo. Estos individuos son incuantificables y, por lo tanto, difícilmente se les puede estudiar bajo paradigmas clásicos. La literatura, sin embargo, los presenta, y permite ver otra arista del impacto individual del consumo y el consumismo: la resistencia ante estos y la consecuente búsqueda de una identidad autén-tica. Un ejemplo es el personaje principal de la novela Mala onda (1991), de Alberto Fuguet: un adolescente de 17 años que se rehúsa a seguir los patrones consumistas que le impone su entorno, y busca, a través de la literatura y de la música, encontrar una identidad auténtica (o acercarse a ella).
En suma, el estudio del consumo y el consumismo demuestra que el diálogo interdisciplinario entre ciencias sociales y literatura brinda la posi-bilidad de una interpretación dinámica más completa que una que solo se sirve de conceptos clásicos.
Un concepto que había pasado de moda es la «hegemonía», a lo Gramsci y otros pensadores del siglo pasado. O los conceptos de poder de Lukes, incluidas aquellas formas y prácticas que no solamente son ocultas, sino normalizadas. Ambos son muy útiles para entender nuestro presente. Para realizar ciencia social orientada al cambio, o siquiera a la propuesta de estrategias viables de cambio, necesitamos echar más luz sobre estas formas de poder que no vemos, pero que condicionan nuestra vida en sociedad.
Hace unos días, me puse a ver la famosa película de Stanley Kubrick, 2001: A Space Odyssey. Nunca la había visto, y me quedé fascinada con la concep-tualización básica –y a la vez visionaria– de la vida interestelar del siglo XXI imaginada por el director. Solo pude ver el filme hasta el momento en que se presentaba al famoso personaje de «HAL 9000», al que en la película se refieren como «computer», pero que hoy en día –en el año 2025– llamaríamos inteligencia artificial (IA). No obstante, me llevo algunas impresiones que me permiten contestar la pregunta anteriormente planteada.
En primer lugar, como se acordarán los que vieron el filme, este abre con varias escenas de simios en sus comunidades –una serie de contrastes entre la vida tranquila junto con la naturaleza y las frecuentes batallas por el poder entre los grupos–. Pero, un día, uno de los simios descubre el uso de una herramienta –en este caso, un hueso de algún cadáver de animal– como instrumento de batalla o de caza. Próxima escena: el simio está comiendo carne. Claramente, en el proceso evolutivo, los cerebros de este grupo de animales van creciendo y desarrollándose. Vemos en varias otras escenas cómo van cambiando las formas de algunos simios; cómo caminan cada vez más erectos y cómo logran subordinar a los otros grupos.
Trayendo todo esto a colación, me hizo pensar en las grandes preguntas acerca de nosotros mismos, de nuestra evolución, de dónde hemos venido, cómo somos, adónde vamos y cómo queremos ser (y hacer). ¿Cuál es nuestra relación con nosotros mismos, nuestras comunidades más cercanas, con las lejanas y con el medio ambiente, por ejemplo? Abriendo su filme con tomas de algunos simios en evolución, y pasando a enfocar su cámara en el mundo espacial donde las computadoras cobran vida y –tal vez– consciencia, hace casi 60 años atrás, Kubrick planteaba estas preguntas de manera presciente. Hoy en día, en que vivimos una realidad que solo se imaginaba el director, estas preguntas aún importan. De hecho, importan más que nunca, dado que, como diría Harari (2015) en su libro Homo Deus, estamos sobre un precipicio en que la humanidad ya se convirtió en «Dios», con la capacidad
de extender, y hasta crear, la «vida» en forma robótica, o a través de la IA, sobre la cual versa su último libro, Nexus (2024).
De todas las áreas de estudio, las únicas que realmente pueden responder estas preguntas, a priori de aquellas que conciernen a las llamadas «ciencias duras», son las ciencias sociales, así como también las humanidades. Es más, diría que nuestra participación en el relanzamiento de las preguntas filosóficas de antaño es más relevante que nunca, así como la urgencia de considerar, analizar y debatir las incógnitas de nuestros tiempos: ¿por qué persisten las desigualdades, el racismo, el clasismo, el sexismo, el odio o la guerra, por ejemplo? ¿Y qué herramientas, tanto sociales como técnicas, necesitamos elaborar para avanzar más allá de esos simios que Kubrick nos muestra iniciando su película?
Relacionado con lo anterior, entonces, es imposible vivir nuestras vidas humanas sin la posibilidad de plantearnos regularmente las preguntas exis-tenciales mencionadas –así como otras que ni nos hemos imaginado aún–. Esto, en primer lugar, porque son estas las que guían nuestras investigaciones en nuestra búsqueda de la verdad –o al menos un mejor entendimiento de nosotros mismos y el mundo en que vivimos (desde la economía política, la sociología, y la ciencia política, por ejemplo)–. En segundo lugar, porque son las que dan sentido a nuestra existencia actual. Y, finalmente, porque permiten imaginar un mejor futuro. Quiero terminar de ver la película de Kubrick, aunque confieso que busqué su final en IA. Con más razón, me hace pensar en la urgencia de nuestras preguntas social-científicas como acompañantes y guías en nuestra experiencia humana.
Algunos conceptos de la teoría social clásica (la idea de alienación de Marx, la jaula de hierro de Weber, la anomia de Durkheim) siguen vigentes por-que lograron capturar bien las dinámicas de poder y del comportamiento humano. Sin embargo, esos conceptos fueron pensados para sociedades en las que las familias nucleares, las clases sociales y el Estado nación eran realidades estables que definían comportamientos individuales y trayectorias institucionales más o menos previsibles. Esas sociedades «sólidas» se han convertido en sociedades «líquidas» –para ponerlo en términos de Bauman–, en las que la inestabilidad, la volatilidad y la incertidumbre han echado raí-ces profundas. De hecho, la nueva realidad digital impone hoy en día una interacción con (adicción a) máquinas, computadoras, IA, originando una vigilancia de nuestro quehacer cotidiano que concedemos voluntariamente, casi resignadamente, por así decirlo. Nuevas realidades reclaman nuevos conceptos. La teoría social, con su vital y fecunda fragmentación y diversi-
dad, tiene como reto evitar el riesgo de la incomunicación entre sus distintas perspectivas teóricas. Para la sociología, el gran desafío teórico sigue siendo la articulación reflexiva entre lo micro- y lo macrosocial, entre la acción individual y la estructura social, una tarea difícil que siempre está acechada por el reduccionismo analítico, los sesgos ideológicos y las síntesis forzadas.